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sábado, 9 de julio de 2011

Una perspectiva de género

La Ley 14/2011, de 1 de junio, de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación contiene una Disposición adicional decimotercera relativa a la implantación de la perspectiva de género. En ella se preceptúa entre otras cosas lo siguiente:
La Estrategia Española de Ciencia y Tecnología y el Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica promoverán la incorporación de la perspectiva de género como una categoría transversal en la investigación y la tecnología, de manera que su relevancia sea considerada en todos los aspectos del proceso, incluidos la definición de las prioridades de la investigación científico-técnica, los problemas de investigación, los marcos teóricos y explicativos, los métodos, la recogida e interpretación de datos, las conclusiones, las aplicaciones y los desarrollos tecnológicos, y las propuestas para estudios futuros.

Este fragmento de prosa administrativa me resulta un poquito enrevesado; pero tras leerlo tres o cuatro veces llego al menos a una conclusión, a saber: que es muy importante aplicar la perspectiva de género para seleccionar los problemas científicos y para intentar resolverlos. Además el legislador no establece salvedad o restricción alguna relativa al campo de investigación, así que esta norma es aplicable, por ejemplo, a los intentos de demostrar la conjetura de Riemann y al estudio de las laringales indoeuropeas.

Surge un pequeño problema: la ley no explica qué es la perspectiva de género. En este envío intentaremos aclarar, al menos, qué significa género.

La palabra castellana género viene de la latina genus, genĕris, y ésta de una muy productiva raíz indoeuropea *gen- que significaría "engendrar, producir". En griego existe una palabra que corresponde exactamente a genus: γένος , γένεος. El sentido original de ambas palabras era "prole"; de ahí pasó fácilmente a "raza" y finalmente se emplearon para referirse a cualquier clase o conjunto de seres que se asemejan o comparten alguna cualidad. Los lógicos y gramáticos, considerando las clases de las palabras, emplearon genus para referirse al género gramatical, es decir, a ciertas clases de nombres: masculinos, femeninos y neutros.

En castellano, género es un cultismo que no aparece hasta el s. XV. Otras lenguas tienen la palabra análoga como patrimonial y la usan desde fecha más temprana; por ejemplo, el francés gendre (ahora genre), que pasó al inglés como gender.

En latín y en griego, en francés y en inglés, a veces -aunque no frecuentemente- se empleaba la palabra para referirse, no al género gramatical de un nombre, sino al sexo de una persona o animal. El caso más notable lo tenemos en el Banquete de Platón (189d-e):
Pues antes nuestra naturaleza no era la misma que ahora, sino de otra manera. Pues primero había tres géneros (γένη) de personas, no dos como ahora, macho y hembra, sino que había un tercero común compuesto de estos dos, del cual solo queda el nombre y que ha desaparecido: el andrógino....

Sin embargo, en castellano género nunca se usó para referirse al sexo. La Academia lo afirma enfáticamente en el Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD):
género.
...
En gramática significa "propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros" ... Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo... Por tanto, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género).

Hemos de suponer que los redactores de la Ley de la Ciencia dominan la lengua española y consultan si es necesario el DPD; por tanto... ¿querrán decirnos con eso de “perspectiva de género” que, respetando las leyes de concordancia de género gramatical, evitemos los solecismos al redactar las solicitudes de subvención? ¿Que no escribamos "el hipótesis de Riemann" o "las laringales indoeuropeos"?

El legislador, probablemente, es enemigo de los solecismos; pero creo que aquí se refiere a otra cosa. Pues desde la década de 1970 las teóricas del feminismo comienzan a emplear género en un sentido técnico, estableciendo la distinción entre "sexo" y "género". G. Rubin, en 1975, acuña la expresión "sistema sexo/género" para describir:
el conjunto de disposiciones mediante las cuales la materia prima biológica del sexo humano y de la procreación es moldeada por la intervención social y humana.

De esta forma, para Rubin el género es "la división de los sexos impuesta socialmente" y el movimiento feminista debería tender a crear una sociedad sin género, aunque no sin sexo.

La Academia no recoge este sentido en el Diccionario, quizás considerando que no está aún suficientemente extendido fuera de su ámbito propio; pero sí lo menciona en el DPD, donde se dice a continuación de lo reproducido más arriba:
No obstante, en los años setenta del siglo XX, con el auge de los estudios feministas, se comenzó a utilizar en el mundo anglosajón el término género (ingl. gender) con un sentido técnico específico, que se ha extendido a otras lenguas, entre ellas el español. Así pues, en la teoría feminista, mientras con la voz sexo se designa una categoría meramente orgánica, biológica, con el término género se alude a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc... Dentro del ámbito específico de los estudios sociológicos, esta distinción puede resultar útil e, incluso, necesaria.

Está claro, pues, lo que el texto legal quiere decir con género: empleando la terminología técnica propia de la ideología feminista (que hoy es la oficial en España, como lo fue hace unos años la nacionalcatólica, y lo será en su día sabe Dios cuál), el legislador alude a una "categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc."

Pero sigo preguntándome: ¿cómo debería tenerse en cuenta esta categoría sociocultural a la hora de estudiar la hipótesis de Riemann?

jueves, 27 de enero de 2011

La improbable historia de Probable

(Para la X Edición del Carnaval de Matemáticas, albergada por La Ciencia de la Mula Francis)

Si un matemático consigue probar una proposición, se enfadará mucho si alguien le dice que tal proposición es probable. ¿Cómo probable? ¡Segura y bien segura!

¿Nunca te ha llamado la atención esta extraña contraposición, querido lector? ¿Cómo puede ser que “prueba” y “probable” tengan significados casi antagónicos? Quizás, si sueles leer en guachi-guachi, pienses que se trata de un capricho o un error de nuestra Academia; pues en inglés se dice, de una parte “to prove”, “provable”; y de la otra “probable”. Pero no; es nuestra lengua quien es fiel a la etimología, como en este envío intentaremos explicar.

Si alguna vez estudiaste griego, quizás recuerdes con horror aquello de los “verbos en -νυμι” y su paradigma δείκνυμι (déiknymi). Pues bien, ese es el verbo que Euclides empleaba para referirse a lo que hacía con las proposiciones. La frase sacramental con la que acaban sus demostraciones es esta: “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” (hóper édei déixai), “lo que precisamente era necesario mostrar”. Si tiene que mencionar explícitamente el concepto de “demostración” (lo que no ocurre muy a menudo), Euclides emplea el correspondiente sustantivo δεῖξις (deixis, que por cierto aparece en nuestro diccionario con otro de sus significados técnicos) o su compuesto ἀπόδειξις (apódeixis, esta no la tenemos).

¿Qué hicieron los latinos cuando tuvieron que traducir las obras de los lógicos y matemáticos griegos? Pues no pudieron recurrir a las palabras hermanas de δείκνυμι. En efecto, los que saben de estas cosas afirman que de la raíz indoeuropea *deik- (“señalar”, “mostrar”) nacieron tanto el griego δείκνυμι como el latín dícere Pero este último no es más que nuestro español decir; por uno de esos caprichos de la diacronía, en latín la palabra indoeuropea para “señalar” se especializó en el sentido de “señalar con palabras”, o sea, “decir” (si alguno duda de esta etimología, piense en lo que significa el sustantivo índex,”índice”.)

Así que los romanos rebuscaron en su cofre y encontraron el verbo monstrare, “mostrar, indicar”. Ernout y Meillet, de quienes no es prudente discrepar, dicen que proviene de monstrum, término del vocabulario religioso que significaba “prodigio que advierte de la voluntad de los dioses” (¿a que nunca hubieras pensado que “monstruo” tenía este significado original?) Los romanos equipararon “monstrare” con δείκνυμι y, por tanto, “demonstrare” con ἀπoδείκνυμι y “demonstratio” con ἀπόδειξις, apódeixis. Y el “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” se transformó en quod erat demonstrandum , Q. E. D.

Hasta aquí, todo bien. Pero, ¿cuándo aparecieron en esta historia la “prueba” matemática y lo “probablemente” verdadero?

La raíz indoeuropea *bheu-, “crecer”, nos ha producido abundante prole: desde la importantísima “Física” (a través del griego) a la ridícula “guanabí” o “wannabe” (pues de ahí salió también el inglés “to be”). En latín, entre otras cosas, produjo probus, cuyo significado original debió de ser “que crece hacia adelante”, “recto”, y que en tiempos históricos significaba “bueno”. De “probus” se formó el verbo probare, que significaba en general “hacer bueno, comprobar como bueno o representar como bueno”. En particular, una forma de “hacer buena” una afirmación es aducir razones para hacerla creíble, o sea, “probarla”. En este sentido la palabra es empleadísima en el lenguaje filosófico y forense; y así tenemos “probare” como sinónimo - menos técnico- de “demonstrare”.

Según esto, probabilis debería significar lo que el provable inglés: “que puede demostrarse”. ¿Por qué significa algo tan diferente? No culpemos a los medievales o a los modernos; es el mismísimo Cicerón quien, en un tratado sobre el arte de la Oratoria (De Inventione Oratoria, I.46), nos define su significado:

Probabile est id, quod fere fieri solet, aut quod in opinione positum est, aut quod habet in se ad haec quandam similitudinem, sive id falsum est, sive verum.

o sea

“Probable es lo que generalmente suele ocurrir, o lo que se funda en la opinión, o lo que tiene en sí algún parecido con estas cosas, falso o verdadero.”

¿Cómo surge este significado? Al fin y al cabo “probabilis” significa, ni más ni menos, “que se puede probar”. ¿Y cómo se puede “probar” algo falso? La respuesta es sencilla: el “probare” latino tenía un campo de significados mucho más amplio que nuestro “probar”; además de “demostrar”, y antes que ello, significaba “aprobar”. Por ejemplo, se pregunta retóricamente Cicerón en su discurso “En defensa de Milón” (28, 77) : quis est, qui non probet, qui non laudet?, o sea, “¿quién hay que no lo apruebe, que no lo alabe?” (por cierto, eso que según Cicerón todos alaban es un asesinato político.) Por tanto “probabilis” puede significar, y de hecho significa frecuentemente, “que se puede aprobar”; obviamente, se pueden aprobar muchas proposiciones que quizás finalmente resulten falsas, pero a las que damos nuestro asentimiento por ser “lo que generalmente sucede” o estar “fundadas en la opinión”.

Así que si dijéramos “aprobable” en lugar de “probable” la paradoja con que iniciábamos este envío quizás desapareciera; pero el lenguaje también tiene sus razones que la razón no comprende...

sábado, 8 de enero de 2011

Autómatas

Autómatas

Ya hemos contado cómo informática viene de información automática, y también el origen de la palabra información . Para completar el cuento, faltaría hablar acerca de automático; eso es lo que en este envío pretendemos hacer. “Automático”, obviamente, es el adjetivo correspondiente a “autómata”, así que estudiaremos la historia de esta última palabra.

De una raíz indoeuropea *men-, asociada a las actividades espirituales tanto intelectivas como volitivas, hacen derivar los sabios muchas palabras de las lenguas actuales, entre ellas el inglés mind y el castellano mente. En griego, entre otros términos, contribuyó a formar el adjetivo αὐτόματος (“automatos”), cuyos elementos son de una parte el bien conocido “auto-” y de otra “-matos”, que significaría “relativo al espíritu”; dando como significado conjunto “que actúa por sí mismo, por propio impulso”, “espontáneo”, “casual” (en viejos diccionarios se puede encontrar, sin embargo, otra derivación: “-matos” correspondería a μαίομαι “maiomai”, perseguir).

Cuando automatos se aplica a cosas, el sentido predominante es el primero de los arriba citados. Y así leemos en la Ilíada que “las autómatas puertas del cielo rechinaron” (5.749) o que Vulcano construía trípodes “para que aquellos autómatos pudiesen entrar en la asamblea divina...” (18.376)

Nada más natural que sustantivar el adjetivo y emplear su forma neutra (automaton, latinizado automatum) para designar máquinas accionadas por otra fuerza que la de los esclavos. No me resisto a citar un texto de Suetonio, quien en su Vida de Claudio , 34 dice de este emperador que

Bestiaris meridianisque adeo delectabatur, ut et prima luce ad spectaculum descenderet et meridie dimisso ad prandium populo persederet. Praeterque destinatos etiam leui subita que de causa quosdam committeret, de fabrorum quoque ac ministrorum atque id genus numero, si automatum uel pegma uel quid tale aliud parum cessisset.

es decir

Gustábale tanto ver las luchas de los gladiadores llamados bestiarios y los combates del mediodía, que iba a sentarse en el anfiteatro desde el amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, hacía bajar a la arena, con el pretexto más ligero e imprevisto, a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí, si se descomponía un autómato, un resorte u otra cosa cualquiera.

Es de suponer que los mecánicos del Circo cobraran un buen plus de peligrosidad.

Volviendo a nuestra historia, diremos que tanto el adjetivo como el sustantivo pasaron a las lenguas modernas, en las que están atestiguados desde el s. XVI. Por ejemplo, el Diccionario Histórico de la Academia recoge una aparición del sustantivo “autómato” en la traducción castellana que de Vitrubio publicó Urrea en 1583:

... inventó las máchinas hydráulicas, que son instrumentos músicos de agua, y el exprimir de las aguas, y los autómatos del porrecto

Y en francés, Rabelais emplea el adjetivo en el Gargantue:

Bastissoient plusieurs petitz engins automates, c'est à dire soy mouvans eulx mesmes

es decir

Idearon mil maquinitas autómatas, es decir, que se movían por sí mismas

Durante los siglos XVII y XVIII, siglos de racionalismo y de mecanicismo, la construcción de máquinas que se movían por sí mismas fue una actividad a la que se dedicaron muchos esfuerzos; y el concepto sedujo a filósofos y pensadores tan ilustres como Descartes

Quid autem video praeter pileos et vestes, sub quibus latere possent automata? (Meditationes de prima philosophia, med. 2)
(Pues, ¿qué veo más allá de sombreros y vestidos, bajo los cuales podrían esconderse autómatos?)

como Spinoza

... verba Psittaci, vel automati, quae sine mente, et sensu loquuntur. (Tractatus theologico-politicus, cap. XIII)
(... las palabras del loro, o del autómato, que sin mente y sin sentido hablan.)

o como Pascal

Il ne faut pas se méconnoître, nous sommes automate autant qu'esprit. (Pensées, 252)
(No conviene equivocarse respecto a uno mismo; somos tanto autómato como espíritu.)

Por entonces, poco se filosofaba y pensaba en castellano. Sin embargo, podemos encontar algunas apariciones de la palabra y, en consecuencia, es recogida en el Suplemento de 1780 al Diccionario Académico :

Autómato. s. m. La máquina que tiene en sí misma el principio de su movimiento.

Hasta ahora hemos escrito siempre “autómato”. Nótese que, conforme a la etimología, la Academia establecía que la palabra debe acabar en “-o”. Pero ya en el tiempo en que se publicaba el “Suplemento”, la forma “autómata” era de empleo común; como tantas otras palabras (“estratega”, “autodidacta”), se adaptaba irreflexivamente del francés, transformando la “-e” final en “-a”; y así, “automate” se traducía por “autómata”. La Academia reconoce este uso en la edición de 1843 de su Diccionario, en la que coexisten “autómato” y “autómata”; pero desde 1869 recoge únicamente el galicismo “autómata”. ¡Así es la vida de las palabras!

¿Y en inglés? Se dice “automata”, ¿verdad? La respuesta es sí y no. La máquina que se mueve por sí misma se llama “automaton”, como manda la etimología; “automata” es su plural, como en griego y en latín. Aunque, querido lector, no te sorprendas si alguna vez encuentras escritas cosas como “the most general and powerful automata is the Turing machine” (lo acabo de leer, ¡nada menos que en Stanford!); un plural en “-a” no resulta natural para un anglohablante y, por otra parte, el conocimiento de las lenguas clásicas no es una competencia que los informáticos suelan desarrollar.

lunes, 29 de noviembre de 2010

El origen de "Informática"

Como hemos dicho en otro lugar, la palabra latina fōrma, supuestamente tomada del griego morphé a través del etrusco, fue fecunda en compuestos y derivados, de los que hoy nos interesa informare.

El sentido propio de informare era, claro está, “dar forma a una cosa, moldearla”. Pero este sentido literal no es el más frecuente en latín clásico donde, de manera habitual, los que reciben la acción de “informare” son seres humanos a los que se “moldea” figuradamente, es decir, a los que se educa o instruye. Aún resuena este sentido en nuestro diccionario académico, que recoge como acepción anticuada de “información” la de “educación, instrucción” (sin embargo, en latín clásico el sentido más usual de “informatio” era el de “representación” de algo, bien por medios físicos, bien por medios intelectuales).

He aquí pues un primer deslizamiento semántico: de moldear objetos a moldear mentes. En latín medieval se produce un segundo deslizamiento. ¿Cuál será el procedimiento empleado para moldear las mentes? Las posibilidades son muchas, pero en una de ellas fijó su atención el caprichoso espíritu de la lengua: en la de proporcionarles nuevos conocimientos, es decir, “informar”.

“Informatio” y sus formas romanceadas (en castellano, “información”) son frecuentísimas desde tempana fecha. Por ejemplo, leemos en la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar (1480):

E para más clara información de los que leyeren esta Crónica, es de saber que entre los criados que el rey don Enrique tovo fué [...]

El Diccionario de Autoridades (1734) recoge puntualmente este sentido:

Informar. Vale también dar noticias a alguno o ponerle en el hecho de alguna cosa .
Información. El acto de informarse o informar de algo.


Más exactamente dice la edición de 1803 que “información” es “la acción o efecto de informar o informarse". Pero el sentido de “información” como materia o sustancia no se recoge hasta 1984:

"Comunicación o adquisición de conocimientos que permiten ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada. Conocimientos así comunicados o adquiridos."

Y, precisamente en este mismo año 1984, aparece por vez primera en el diccionario académico la palabra “Informática”:

Conjunto de conocimientos científicos y técnicas que hacen posible el tratamiento automático de la información por medio de calculadoras electrónicas.

Y así llegamos finalmente al objeto de esta entrada: el origen de la palabra “informática”. Pese a que algunos lo siguen discutiendo, sabemos quién fue su progenitor: el ingeniero francés Philippe Dreyfus; y cuál fue su año natal: 1962. En el libro “La Techno-science en question : eléments pour une archéologie du XXe siècle”, publicado en 1990 y escrito por Philippe Breton, Alain-Marc Rieu y Franck Tinland podemos encontrar las palabras del mismo M. Dreyfus, quien describe así su invención:

Justamente, no había ningún nombre, esto es lo que me molestaba, por esto creé la palabra “informática”, se hacía cálculo numérico, estaban los ingenieros electrónicos pero yo no hacía nada de electrónica, y cuando me preguntaban qué es lo que yo hacía, decía, soy ingeniero, construyo calculadoras electrónicas, no, pero no las construyo, de hecho los programo, la gente no sabía, no había un témino... me pregunté qué había de específico en los ordenadores... la palabrá que resultó juntaba “información” y “automática.”

Según estos autores,

... las dos primeras salidas oficiales de la palabra son un artículo del periódico Le Monde fechado el 2 de mayo de 1962 y escrito por el mismo Dreyfus, precedido del registro en marzo del mismo año del nombre de una de las filiales de la Société d’Economie et de Mathématique Appliquée, la Société d’Informátique Appliquée...

Pese a algunas polémicas y frente a la oposición de algunos científicos e ingenieros, la palabra triunfó en Francia y no solo allí; por ejemplo, en España se adoptó rápidamente, según afirma un testigo presencial (Antonio Vaquero: La lengua española en el contexto informático.)

Y de esta manera el círculo léxico se cierra, volviendo las cosas a su origen: si informare significaba “moldear” objetos, hoy la Informática moldea todo lo que nos rodea: las comidas que comemos, las páginas que leemos... y la vida que queremos vivir.

martes, 19 de octubre de 2010

Morphé, Forma, Shape

Contra lo que algunos lingüístas del s. XIX mantuvieron, los modernos opinan que la palabra griega morphé (μορφή) no procede de ninguna raíz indoeuropea conocida. Sea como fuere, desde los primeros testimonios literarios encontramos morphé con el significado de “forma armoniosa, bella” y, en general, “forma”. Este último es el que tiene el elemento compositivo “morfo”, tan presente en el léxico científico (“morfología”, “isomorfo”, “polimorfismo”) y aún en el común (“amorfo”). Más curiosas son otras derivaciones de morphé: por ejemplo, de aquí proviene el nombre del dios de sueño Morfeo (Μορφεύς), así llamado por las “formas” que hace aparecer ante quien duerme. Como dice Ovidio en sus Metamorfosis -por cierto, he aquí otro compuesto de morphé- Morfeo es artesano e imitador de la figura. Y de Morfeo, pasados dieciocho siglos desde Ovidio, el farmacéutico alemán Friedrich Sertürner sacó el nombre para la morfina, que tantos dolores ha aliviado.

La palabra latina correspondiente a morphé es fōrma. A simple vista se aprecia el parecido entre ambas; sin embargo, por ciertos detalles técnicos el préstamo directo es sumamente improbable, por lo cual los sabios suponen que los latinos tomaron fōrma del etrusco (siempre tan socorrido para explicar lo que no sabemos explicar del latín), que a su vez habría tomado el préstamo del griego. Entre otros sentidos de fōrma destaca el de “molde”, por ejemplo, el molde de los quesos. ¿Quién podría suponer que el francés fromage tuviera este origen? Aunque lo veremos más claro si consideramos el italiano formaggio o el catalán formatge. De derivados latinos de fōrma ha tomado el español, entre otras palabras, formal, fórmula y conforme; y también informar, la historia de cuyos deslizamientos semánticos merece entrada propia. Formosus era en principio “hecho (bien) en el molde” y de ahí “bello” y nuestro hermoso.

Según las reglas de la gramática histórica fōrma debió dar en castellano horma y, en efecto, la dió. La palabra está atestiguada desde el s. XV y es de suponer que se empleara bastante antes; sin embargo, su uso es muchísimo menos frecuente que el de la palabra latina original y se restringió enseguida para designar el concepto de “molde”, y aún dentro de éste, especialmente el de sombreros o zapatos.

La palabra inglesa shape, al contrario de lo que ocurre con morphé y fōrma, proviene claramente de una raíz indoeuropea, muy productiva en germánico, en latín y en griego. Se trata de *(s)kep-, que se asocia a las ideas de “cortar” y “raspar”. En germánico dió *skap-, de donde el antiguo inglés sceppan (dar forma) y gesceap (forma), y de ésta finalmente shape, que encontramos desde el s. XV.

Como se ve, los antiguos germanos daban forma a las cosas con el hacha (palabra que proviene una variante sin “s” de esta misma raíz, a través del fráncico *happja y el antiguo francés hache). Los griegos preferían raspar o cavar; de la variante *(s)kabh- formaron skapto (σκάπτω), “cavar” y skaphe (σκάφη), “cosa en forma de hoyo”, palabra que designaba bañeras, cunas y barcos y de la que salen nuestros compuestos cultos batiscafo (barco para las profundidades) y escafandra (hombre barco).

Acabaremos citando un curioso pariente de shape. De otra variante de *(s)kep- proviene el neerlandés medio kappen “cortar” y de él el antiguo francés chapuis, “pedazo de madera”, de donde nuestro hispánico chapuz o chapuza. Ved qué extraños caminos tiene el lenguaje: de shape a chapuza hay apenas dos o tres pasos...

lunes, 30 de agosto de 2010

CLIENTE-SERVIDOR (II)

En un envío anterior hemos divagado alrededor de la palabra cliente. En este consideraremos su compañera servidor.

El servidor castellano existe desde los primeros balbuceos de la lengua. Del servire latino heredamos nuestro servir, y a partir de él formamos el correspondiente sustantivo agente "servidor" (en latín clásico se decía más bien servus, que dio siervo en español).

"Servidor", según el Diccionario de Autoridades (1739) significa "el que sirve como criado". También "el que corteja o festeja alguna dama".Y "en estilo cortesano llaman al que se ofrece a la disposición u obsequio de otro". Por último, "significa también el bacín o servicio".

En 1914 se reescribe la segunda de las acepciones anteriores: "Nombre que por cortesía y obsequio se da a sí misma una persona respecto de otra," que en 1984 se complementa con "fórmula de cortesía que suele usarse como despedida en las cartas", y en 1985 con "expresión con la que una persona contesta humildemente a otra, para evitar decir yo."

En inglés, serve aparece a finales del s. XII, tomado del antiguo francés servir, con el sentido de "rendir obediencia habitual". El significado "atender a un cliente" aparece en el siglo XIV, así como "servir la mesa".

En cuanto a server, los significados que suelen recoger los diccionarios son "utensilio usado para servir comida o bebida", "jugador que sirve al comenzar un tanto" y "persona cuya ocupación es atender a la mesa, como en los restaurantes." Probablemente a partir de este último se desarrollo el sentido informático que ahora recoge el diccionario académico en una enmienda:

Inform .Unidad informática que proporciona diversos servicios a computadoras conectadas con ella a través de una red.

Imaginemos, pues, a los servidores web con delantal o chaquetilla, preguntándonos amablemente: "¿Qué va a ser?" Aunque muchas veces su funcionamiento nos evoque más bien aquel otro significado que recogen nuestros diccionarios: "vasos para excrementos mayores".

martes, 30 de marzo de 2010

CLIENTE-SERVIDOR (I).

A comienzos de la década de 1980 se populariza el uso de las LAN (redes locales de ordenadores), que permiten distribuir los trabajos de cómputo entre varios ordenadores. La forma más común de hacerlo se denominó Client-Server Model o Client-Server Architecture. Es difícil saber quién fue el primero en recurrir a esta metáfora; en 1983 decían Janson, Svobodova y Maehle en las actas de SIGCOMM'83:
     The terms "server" and "client" are already well established in the field of distributed computer systems.
Quizás alguien con más conocimientos que yo pueda determinar debidamente la paternidad de la expresión... Pero no es eso de lo que queremos tratar hoy, sino de la historia de ambas palabras.

La inglesa client es la latina cliens, clientis, o sea, la castellana cliente. ¿Qué significaba cliens en latín? Difícil es explicarlo en pocas palabras, pues se refería a una institución de la sociedad romana sin equivalente contemporáneo. El cliente era un hombre libre situado en una relación de dependencia económica y política respecto a otro de categoría superior denominado patronus (patrono). En particular, el cliente no podía comparecer por sí mismo en los tribunales; el patrono debía hacerlo en su lugar.

Los latinos relacionaban cliens con el verbo clueo, cuyo sentido primero es "oír", "ser llamado". Los filólogos modernos desdeñan esa etimología popular y prefieren buscar el origen de cliens en la raíz indoeuropea *klei-, relacionada con las ideas de "inclinación, pendiente"; o bien confiesan su ignorancia y hablan de un hipotético préstamo del etrusco.

En cualquier caso, nótese que el cliente romano no estaba en la mejor situación posible. Ciertamente superior al esclavo, dependía sin embargo del patrono, a quien debía servir y obedecer. Como dice nuestro Diccionario de Autoridades (1729), cliente es
     El que está encomendado y debajo de la confianza, tutela y patrocinio de otro a quien reconoce alguna superioridad.
Esta es la única definición que aparece en el dicionario académico hasta la edición de 1869.

Lo cual no significa que la palabra cliente no se empleara en latín y en castellano con otros sentidos. Recordemos que el cliente no podía litigar por sí mismo, sino que debía hacerlo por medio de su patrono. Así pues, cuando era necesario, el patrono era "llamado" (advocatus) por su cliente para que le representara en juicio. Pero las leyes fueron complicándose cada vez más, de forma que un padre de familia cualquiera no podía conocerlas bien, sino que necesitaba la ayuda de un especialista en derecho. Y para referirse a la novedosa relación establecida entre el especialista jurídico y la persona que requería su ayuda, se recurrió a las antiguas palabras: aquel se denominó patronus o advocatus, éste, cliens.

Esto era sabido por todas las personas cultas. Por ejemplo, se lee en la "Declaración magistral sobre las emblemas de Andrés Alciato" de Diego López (1615):
     Hallo de los libros Latinos, que Cliens es el que busca al jurisconsulto, o abogado, para que le defienda, del qual es Cliente, y el es Advocato, o Patrono. Pruébase esto de Persio Sátira 3, donde para aconsejar a unos mancebos, que deprendan filosofía, y no leyes, les dice, que no tengan envidia al jurisconsulto, porque tenga en su casa muchos presentes y perniles, que le haya enviado Marso su cliente:
          Et pernae Marsi monumenta clientis.


Sin embargo la Academia no reparó en esta viejísima acepción de la palabra hasta 1869, cuando aparece definido cliente como
     El litigante, con respecto al abogado.

Ahora bien, así como el demandante de servicios de un abogado se denominaba cliente, de la misma forma pasó a denominarse a quien usaba los servicios de cualquier profesional. Este proceso se puede datar en castellano en el siglo XIX. Por ejemplo, dice Serafín Álvarez en El Credo de una Religión Nueva (1873):
     ...el trabajo del hombre que educa es semejante en esto al del médico, que procura que su cliente adquiera un temperamento mixto en que ningun principio predomine demasiado.
Y Blasco Ibáñez en La Barraca (1898):
     A los que se sentaban en el sillón de los tormentos pasábanles un pedazo de jabón de piedra por las mejillas, y frota que frota, hasta que levantaba espuma. Después venía el navajeo cruel, los cortes, que aguantaba firmemente el cliente con la cara manchada de sangre.

Este sentido se recoge en la edición de 1899 del diccionario académico:
     Respecto del que ejerce alguna profesión, persona que utiliza sus servicios.
(Los médicos se ofenden hoy cuando se habla de sus clientes; pero, con el diccionario en la mano, tenemos derecho a hacerlo.)

Mas no acaba aquí la extensión del concepto cliente. Los hablantes generalizan la idea de "cliente de abogado" a "cliente de cualquier profesional"; dando enseguida un paso más, la generalizan a "cliente de cualquier negociante o comerciante". Y así se puede leer en El Practicón. Tratado completo de cocina de Ángel Muro (1891-94):
     La coloración del caldo en el puchero no es de absoluta necesidad, pero le da muy buen aspecto, y en la cocina industrial sirve para engañar al cliente.

Curiosamente, este último sentido, aunque contemporáneo del anterior, no se recoge hasta 1956 en el diccionario académico, y aún de forma restringida:
     Parroquiano, persona que acostumbra a comprar en la misma tienda.
Sólo en 1984 aparece la definición más general:
     Persona que compra en un establecimiento o utiliza sus servicios.

Los anglohablantes contemporáneos tienen dos palabras para estos sentidos modernos de nuestro cliente: client y customer. Al margen de otros matices, se suele decir que client es más formal y biensonante, así que no es extraño que los informáticos la prefirieran para bautizar su invento.

Hora es ya de cerrar este envío; ¿qué mejor forma de acabar que volver al punto donde empezamos? Pues el lector atento se habrá dado cuenta de que no hemos llegado a definir qué sea eso de un cliente informático. Por fortuna, la tarea es fácil. Dando otra prueba de su interés por las nuevas tecnologías, la Academia nos la da hecha con esta acepción recientemente añadida a su diccionario:
     Inform. Programa o dispositivo que solicita determinados servicios a un servidor del que depende.

¿Se reconocería el plebeyo romano del s. -VI en esta definición?

jueves, 25 de febrero de 2010

De los nombres de árboles en español

Un pequeño grupo de palabras son de origen desconocido; probablemente las hemos heredado de los más antiguos habitantes de la Península, anteriores a celtas y romanos. Entre ellas se encuentran álamo, coscoja y madroño. Especial interés ofrece pinsapo; se conjetura una forma *sappus -quizá céltica- que habría originado también el francés sapin.
Otros nombres provienen inequívocamente de ciertas raíces que los pueblos indoeuropeos emplearon para denominar especies arbóreas.
De *perkwo- sale el latín quercus, de donde (pasando por el mozárabe y el árabe hispánico) nuestro rotundo alcornoque. Notemos que la misma raíz a través del germánico ha dado en inglés fir, que nombra un árbol bien distinto; esta evolución divergente es frecuente en los nombres de árboles.
De *bhago- sale el latín fagus y finalmente nuestra haya. De esta raíz también proviene el inglés beech.
Sin embargo, la raíz *derwo- o *dru- (empleada para designar el
roble, árbol sagrado, y que en inglés ha dado el nombre genérico tree), no se conserva en ninguno de nuestros nombres de árbol.
La raíz *pi- refiere a los significados "gordo", "grasa", "viscosidad". Por ello también se empleó para designar el resinoso pinus. De pix se ha tomado el cultismo pícea.
La raíz bhereg-, "brillante, blanco" fue empleada desde el origen para designar al árbol blanco por antonomasia. Este árbol en latín fue el fraxinus, de donde nuestro fresno, pero en germánico fue el *birkjon, o sea, el inglés birch. Para nombrar este último el latín y el céltico recurren a la raíz propia *betu(l)l-, de donde nuestro abedul.
También indicaba un cierto color la raíz *reudh-, "rojo", de donde el latín robur, rojizo, que sirvió para denominar al quercus robur, y de ahí nuestro roble. De una variante de la raíz *sal-, "gris, sucio", proviene el latín salix, salicis, de donde el castellano sauce. Y de la raíz *el-, empleada para formar diversos nombres de seres de color "rojizo", "marrón", se formó el ulmus, de donde nuestro olmo; y quizás también nuestro aliso, a través de un hipotético germánico *aliz.
De la raíz *wei-, "doblar, torcer", sale el latín vimen, viminis y de éste el castellano mimbre (antiguamente, vimbre) y mimbrera. Notemos que de la misma raíz *wei- procede la latina vitis, o sea, nuestra vid.
De la raíz *pele-, "llano, extendido", proceden palma y palmera. De su variante *plat- se formó el griego platanos, tomado como préstamo por el latín platanus y el castellano plátano.
Muchos otros nombres latinos han sido heredados por el castellano desde los comienzos del idioma. Entre ellos podemos citar ilex, ilicis, de donde *ilicina, de donde nuestra encina; abies, de donde el aragonés y catalán avet y nuestro abeto; populus, vulgarmente *ploppus, de donde chopo; cupressus o cypressus, de donde ciprés; juniperus, vulgarmente jiniperus, de donde enebro; oliva (relacionado con el griego elaia), de donde olivus y olivo; y
taxus, de donde tejo. De tilia proviene el francés antiguo til y finalmente nuestro tilo.
El cedro no es autóctono en Castilla; pero ya en la Edad Media se tomó la palabra del latín cedrus, que era también préstamo del griego kedros.
Los árboles frutales suelen formar sus nombres castellanos a partir de los de sus frutos. Del latín ficus se formo higo, del cual se derivó higuera; de morum, pirum y sorbum salieron mora, pera y serba y de estas moral, peral y serbal. Análogamente, de la raíz indoeuropea *kneu-, "nuez", proviene el latín clásico nux, nucis, y de éste nucalis y nogal.
Los romanos adoptaron muchos nombres griegos para frutas y frutales. Por ejemplo, cerezo y cereza vienen del latín vulgar ceresia, clásico cerasium, préstamo del griego kerasion y posiblemente originado de una raíz indoeuropea *ker-. Almendro y almendra vienen del latín vulgar amindula, clásico amygdala, tomado del griego amygdale. Níspero viene del latín vulgar nespirum, clásico mespilum, tomado del griego mespilos. Castaño viene del latín castanea y este, según la opinión más común, del griego kastanion.
Más compleja es la historia de otros nombres frutales. Albaricoquero, de albaricoque, procede en primera instancia del árabe burquq, el cual quizás provenga a través del griego del latín persica praecocia, es decir, "melocotones precoces", lo cual finalmente nos llevaría a la raíz indoeuropea *pekw-, "madurar, cocer".
Ciertas frutas han tomado sus nombres de los adjetivos que calificaban a las palabras latinas nux "nuez", pruna "ciruela" o malum "manzana, fruta en general". Así, avellana es la latina nux abellana, es decir, "nuez de Abella", ciudad donde se cultivaba. Ciruela es la latina cereola pruna, es decir, "ciruela del color de la cera". Manzana es la latina malum mattianum, es decir, "manzana de Matto", llamada así en honor del tratadista Cayo Matto. Melocotón es la latina malum cotoneum, que era la denominación del membrillo. Cuya etimología, por cierto, es también complicada: viene de un cruce de los latinos melimelum "manzana muy dulce" y melomeli "dulce de membrillo", que a su vez son dos compuestos diferentes de las palabras griegas meli (miel) y melon (fruta, manzana).
Como puede observarse, la mayoría de nuestros árboles conservan los nombres latinos. Unos pocos, sin embargo, han adoptado denominaciones arábigas: acebuche, del árabe hispánico (no clásico) zebbug, posiblemente bereber; alerce, de 'arz, "cedro"; algarrobo, de harrubah (y éste del persa har lup, "quijada de burro"); y almez y almecino, de mays.
En cuanto a árboles frutales, debemos a los árabes nuestros limonero y naranjo, formados a partir de los nombres de sus respectivos frutos, que en árabe son laimun y narang. El primero viene del persa limu, y este del sánscrito nimbu; el segundo, del persa narang, y este del sánscrito naranga.
Por último, citemos algunos árboles alóctonos presentes en nuestros parques y huertos, cuyos nombres son deformaciones de los recibidos en sus hábitats originarios, o bien se deben a la imaginación de los botánicos: la austral araucaria, que recuerda el Arauco de donde procede; el bello magnolio, así denominado por Linneo en honor del botánico Magnol; el japonés caqui; la gigante secoya, cuyo nombre procede en último
término -según Corominas, de quien hemos obtenido la mayor parte de lo aquí dicho- del nombre de un indio cheroqui; y la olorosa tuya, cuyo nombre se tomó (a través del francés) del griego thyia, que designaba cierta planta aromática, y se remonta a la raíz indoeuropea *dheu-, "vapor, humo" (de la cual procede también tomillo).

domingo, 11 de octubre de 2009

Designios y diseños

La raíz indoeuropea sekw va asociada a las ideas de "seguir, ir detrás". De ella se supone que proviene la palabra latina signum, cuyo sentido primero debía de ser "aquello que es seguido", de donde "enseña militar" y, finalmente, en general cualquier "marca, señal". A partir de signum se formó el verbo designare , con los sentidos "marcar, trazar" y muchos otros, entre los que citaremos "dibujar" y "ordenar, arreglar, disponer".

Según Meyer-Lübke, sólo en portugués (desenhar) y en italiano (disegnare) se conservó la palabra. A comienzos del s. XVI "disegnare" y su derivado disegno pasaron con gran éxito del italiano a las restantes lenguas europeas. En lo que se refiere al castellano, Juan de Valdés reconoce el préstamo en el "Diálogo de la lengua" (hacia 1535): "De la lengua italiana desseo poderme aprovechar para la lengua castellana destos vocablos: ... deseñar y deseño..." Y en esta forma (deseño) encontramos la palabra en algunos textos del s. XVI, aunque es mucho más frecuente la variante diseño.

Pero la cuestión es algo más complicada. Por vía culta, desde mediados del s. XIV se había tomado del latín el verbo designar, con varios de sus sentidos: "fincados que ouieron los tochos por señales pora designar et departir la tierra..."; "vino el tiempo de designar cónsules..."; "designar día para oír sentencia..." Pronto de "designar" se formó designio (palabra que, por cierto, no corresponde en latín a ningún **designium, palabra inexistente tanto en el latín clásico como en el medieval.)

Y, para mayor confusión y quizás por influjo del portugués, también podemos encontrar la variante desiño, como en esta carta de Cristóbal Colón a su hijo:
"...se pudía haver muy mayor cantidad, si Satanás non lo esturbara en me empidir mi desiño".

Así que en el s. XVI tenemos deseño, diseño, desiño y designio. En unas cuantas décadas el azar y la necesidad pusieron la mano y la cosa se simplificó: deseño y desiño se guardaron en el baúl de los arcaísmos y designio y diseño tomaron cada uno un papel diferente en el juego de la lengua, como se refleja en las definiciones del diccionario académico de 1791:

DISEÑO. Plan, traza, delineación sobre superficie para formar algún edificio o figura.
DESIGNIO. Pensamiento, idea, determinación del entendimiento.

Claro que el mismo diccionario de 1791 dice:

DISEÑO. Anticuado. Lo mismo que Designio.

Hoy, el diccionario académico mantiene la vieja definición de "designio", pero se ve obligado a ampliar considerablemente la definición de "diseño":

DISEÑO. Traza o delineación de un edificio o de una figura. 2. Proyecto, plan. 3. Concepción original de un objeto u obra destinados a la producción en serie. 4. Forma de cada uno de estos objetos. 5. Descripción o bosquejo verbal de algo. 6. Disposición de manchas, colores o dibujos que caracterizan exteriormente a diversos animales y plantas.

Y es que el ámbito del diseño en nuestros días es extensísimo: desde el presunto diseño inteligente que tanto excita los débiles nervios de los humanistas seculares hasta el diseño web que, en la mayoría de los casos, nadie osará atribuir a una Inteligencia Superior.

miércoles, 24 de junio de 2009

La evolución de "evolución"

La raíz indoeuropea uel está asociada a la idea de "dar vueltas", "enrollar". Por diversos y a veces retorcidos caminos, de ella provienen, por ejemplo, la hélice griega, el vals vienés o nuestro andaluz rebujito.

En latín tenemos el usadísimo verbo vólvere (nuestro "volver") y sus muchos compuestos; entre ellos, evólvere, cuyo significado originario es "desenrollar", "desplegar". Una de las cosas que los latinos desenrollaban era el libro o volumen; así que en latín clásico, el correspondiente sustantivo evolutio, evolutionis significa "la acción de abrir un libro" y de ahí "lectura".

En el s. IV los rollos o volumina de papiro son sustituídos por los cuadernos o codices de pergamino. Los libros ya no se desenrollan y por tanto el significado clásico de evolutio deja de ser aplicable (aunque algunos pedantes seguirán empleando la palabra con el sentido de "lectura"); pero esto no significa su desaparición. En efecto, en el latín medieval y moderno los abundantes sentidos translaticios de "desplegar(se)" son expresados por evolutio, de manera parecida a lo que ocurre con "desarrollo" en español contemporáneo. De esta forma, se habla de la evolutio de un niño, de una planta o de los tiempos; en matemáticas se habla de la evolutio de una fórmula o ecuación...

A partir del s. XVII, la palabra pasa a las lenguas modernas. En inglés, el diccionario de Oxford data su uso al menos desde 1622; en castellano, la encontramos en la literatura histórica y militar del s. XVIII con el sentido que el DRAE trae actualmente en quinto lugar ("movimiento que hacen las tropas o los buques, pasando de unas formaciones a otras para atacar al enemigo o defenderse de él") y que es el único recogido desde 1803 hasta 1884. Así leemos en una "Historia Antigua de México":

...porque llevando la vanguardia del ejército de Tlaxcala, con una repentina evolución se apoderaron de su retaguardia y, cargando a las espaldas a los tlaxcaltecas al tiempo que los mexicanos les acometían por el frente, hicieron en ellos un horrible estrago...

Este sentido militar es el más frecuente en las infrecuentes apariciones de la palabra... claro está, hasta que don Carlos Darwin se hizo famoso y con él la Teoría de la Evolución.

Aunque hay quienes dicen que la teoría de la evolución no es darwinista. De hecho, la evidencia anecdótica disponible me muestra que la mayoría de los honestos fieles de a pie de la religión Evolucionista son, sin saberlo, herejes lamarckianos.

Y también hay quien dice que, en realidad, Darwin no era tan evolucionista, ya que en las primeras ediciones de su libro, la palabra "evolution"...

...no aparece ni una sola vez, pero en la sexta edición aparece ya unas cuantas veces, todas ellas en el capítulo VII, precisamente en el que trata de las objeciones a su teoría. Es posible que Darwin tomase este de Herbert Spencer, de quien reconoce en la sexta edición haber tomado el de 'Survival of the fittest'.

Sea como fuere, la Academia no anduvo demasiado diligente para completar su definición. En el diccionario de 1884 prudentemente añade un nuevo y primer significado: "desarrollo de las cosas por medio del cual pasan de un estado a otro." Y, ¿cuándo cree el lector que aparece en nuestro diccionario oficial el sentido "darwiniano"? Pues... ¡en 1989!: "derivación de las especies de organismos vivientes de otras ya existentes, a través de un proceso de cambio más o menos gradual y continuo."

lunes, 8 de junio de 2009

Enjambres de exámenes

Del muy productivo verbo latino ágere se formó el compuesto exígere, que significa "expulsar" y muchas otras cosas (entre ellas, nuestro "exigir"); y de éste el sustantivo examen, exáminis, del que ahora nos ocupamos. Dos sentidos originarios tuvo, bien diferentes.

Por una parte, examen denotaba una "multitud de abejas con su maestra, que juntas salen de una colmena para formar otra colonia", o sea, un enjambre. Y, a poco que se piense, se caerá en la cuenta de que "enjambre" es exámine como "hombre" es hómine o "hambre" es fámine.

Los "enjambres" se mencionan desde los orígenes del castellano. Por ejemplo, así decía el Fuero de Plasencia a comienzos del s. XIV:

     "Si el enxambre exier [saliere] de un corcho e en otro entrare en que sean abexas, el sennor del baso conpre el enxambre por quinta de maravedi o lo ayan a medias."

Por otra parte, examen también significaba en latín "fiel de la balanza". De aquí, "acción de pesar", "acción de medir" y finalmente "examen", "consideración".

En estos últimos sentidos pasó tempranamente como cultismo al castellano; por ejemplo, un siglo después del Fuero de Plasencia dice el "Rimado de Palacio":

     Quando van a ordenarse, tanto que lleven plata,
     luego pasan examen sin ninguna barata.

Vuelve junio, el mes de exámenes. Los pedagogos, tecnoeducadores y bolonios (acepción segunda) pretenden reemplazarlos por flexibles y continuas "evaluaciones". Palabra que, en última instancia, remite al valere latino, o sea, a la fuerza física. ¿Qué será más fácil: medir el peso de un alumno o su vigor?

viernes, 3 de abril de 2009

Lo la, lo laico laico

La palabra griega λαός (laós) -atestiguada desde los primeros vestigios escritos y ampliamente usada por Homero- significaba "pueblo", frecuentemente designando el conjunto de gobernados en contraposición al de jefes y gobernantes. En este último sentido, se empleó en la traducción griega de la Biblia (la llamada de los Setenta) con el significado de "pueblo" como opuesto a sacerdotes y levitas.
A partir de laós, se formó el adjetivo λᾱϊκός (laikós) que, según Liddell y Scott, significaba "del pueblo"; "no oficial, civil", como muestran los papiros egipcios desde el siglo -III. Y -ya llegamos a nuestro asunto- como sustantivo, laikos significaba en el lenguaje jurídico "el cristiano que no es clérigo", como se puede comprobar en el Código (1.1.3.2) y en las Novelas (6.5).
Con este significado, laicus pasó al latín, donde se usó ampliamente y aún se usa.
Los diversos romances, hijos del latín, y los pueblos que los crearon, cristianos católicos, transformaron cada uno a su manera el laicus del latín eclesiástico. En la lengua castellana tenemos desde sus orígenes la palabra lego, producida a partir de laicus según las leyes de nuestra gramática histórica. Por ejemplo, decía el "Fuero de Soria" en 1196:

Si algún lego emplazare a clérigo o clérigo a lego para ante aquel juez o aquel alcalde que non debe...

Mas, siendo los clérigos en la Edad Media los únicos que recibían una cierta instrucción formal, lego pasó a significar también "ignorante"; y así tenemos los dos sentidos principales recogidos en nuestros diccionarios:

     -Que no tiene órdenes clericales.
     -Falto de letras o de noticias.

Así como el patrimonial y castizo lego es palabra frecuentísima en todas las épocas, su doblete culto laico se empleó muy poco hasta mediados del s. XIX. La primera vez que se recoge en el diccionario académico es en 1817: "anticuado. Lego." Demos algunos ejemplos decimonónicos de laico con los dos sentidos citados. Por ejemplo, escribe Galdós en "Gloria":

"Gran cariño tenía a Rafael del Horro, joven espada de la Iglesia, una especie de apóstol laico, defensor enérgico del catolicismo y de los derechos eclesiásticos en el Congreso."

De donde se colige que la laicidad de Rafael del Horro no tenía mucho que ver con la de Peces Barba. Y en el segundo sentido dice humorísticamente Bretón de los Herreros:

     Y perdona, oh lector, si soy prosaico;
     pero es la trompa homérica instrumento
     para el cual me confieso rudo y laico.

Pero las palabras cambian y el eufemismo no es la menor de las fuerzas que las transforman. Ya en la segunda mitad del s. XIX comienza a prodominar en el uso de laico otro significado; partiendo de la primitiva oposición laico/clerical, suavemente se va pasando a otra más radical: laico/religioso. El diccionario académico se resiste a sancionar el cambio; hasta 1914 no se añade una nueva definición, y aún ésta restringida: "dícese de la escuela o enseñanza en que se prescinde de la instrucción religiosa." Así permanece hasta el nuevo milenio; en la versión electrónica actual se ha suprimido la restricción y se emplea una expresión más suave: "independiente de cualquier organización o confesión religiosa."

Y esta historia que mejor o peor hemos contado, ¿a quién puede interesar? Quizás a los paladines de lo laico, en el sentido Gregorio Peces, pues pueden jactarse de que laico, yendo a la raíz de las cosas, significa algo así como "democrático" o "popular". Pero también a sus adversarios, que igualmente pueden decir que el "laicismo", bien mirado, es propio de gente "falta de letras y noticias" (ahora que caigo, este laicismo sí que se ha impuesto sin disputa en la escuela española...)

viernes, 13 de marzo de 2009

Por qué no soy un trabajador

En la mayoría de los idiomas, la palabra elegida para designar el concepto de trabajo refleja nociones de lucha, angustia, esclavitud o similares. De la mano de MM. Ernout y Meillet, veamos qué ocurrió en latín.
La palabra original latina para el resultado de un trabajo es opus, operis; para la actividad realizada al trabajar, opera, operae. Ambas proceden de una raíz indoeuropea *op- cargada de connotaciones positivas: de ella provienen en última instancia, por ejemplo, las palabras españolas "óptimo" y "opulento".
Pero pronto opera tuvo que concurrir con labor, laboris, cuyo sentido original era "peso, carga". Así, dice Vitrubio en su tratado de Arquitectura: saxa ... sustinent laborem, es decir, "las piedras sostienen la carga". Y más poéticamente dice Eneas a su padre, invitándole a subir sobre sus hombros (Eneida 2.708):
     ipse subibo umeris, nec me labor iste gravabit
o sea, "yo mismo te llevaré a hombros y esa carga no me será pesada". Pronto labor tomó el sentido de "fatiga" y así se empleaba para describir las fatigas de la guerra (belli labores) o las del parto (Lucinae labores). Finalmente, llegó a significar simplemente "trabajo".
Y, olvidadas por los hablantes las primitivas connotaciones negativas de labor, hubo que recuperarlas de alguna manera; y por eso aparece en bajo latín el trepalium, "instrumento de tortura formado por tres palos"; del cual instrumento de tortura o, mejor, dicho, de su nombre, viene nuestro castizo trabajo.
Así pues, ¿por qué no soy un trabajador? Porque no es una tortura lo que hago cada día.

domingo, 1 de marzo de 2009

Alumnos y estudiantes

De la raíz indoeuropea *al- (asociada a la idea de "alimentar", "crecer") surgen el verbo latino alere con estos mismos significados y su antiguo participio mediopasivo alumnus ("que es alimentado", "que es hecho crecer"). Normalmente se emplea como sustantivo con los significados "niño de pecho", "esclavo nacido en la casa", "ahijado".
La palabra no es castiza en castellano; aparece en el s. XVI con el sentido de "cualquier persona criada o educada desde su niñez por alguno, respecto de éste." Poco a poco va tomando el sentido actual: "cualquier discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo, o de la escuela, clase, colegio o Universidad donde estudia." En el Diccionario Histórico de la Academia, la primera cita en que aparece con este sentido es de D. Antonio de Solís (finales del s. XVII).
Así que, yendo al fondo de las cosas, alumno es "el que es alimentado"; y, cuando así son llamados los jóvenes que asisten a la universidad, en cierta forma se está diciendo que llegan a ella para ser (pasivamente) nutridos.

De la raíz indoeuropea *steu- (asociada a las ideas de "golpear", empujar") surgen el verbo latino studere ("ansiar", "esforzarse por", "ser diligente para") y su participio activo studens, studentis. En la época imperial, el verbo adquiere el significado de "estudiar". Y en bajo latín es sustituído por "studiare", de donde nacen nuestros estudiar y estudiante.
Así que, yendo al fondo de las cosas, estudiante es "el que se esfuerza"; y, cuando así son llamados los jóvenes que asisten a la universidad, en cierta forma se está diciendo que llegan a ella para (activamente) adquirir conocimientos y capacidades.

Por estas etimológicas razones, estudiante es palabra más conforme al modelo de enseñanza y aprendizaje que ahora se quiere establecer en la universidad europea. Y también la que se se está imponiendo en la prosa oficial... pero no por estas razones, me temo, sino por ser palabra que no varía con el género gramatical y, por tanto, preferible en necioespañol.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Poesía de técnicos

Me siento un ingeniero del verso y un obrero, decía nuestro buen Gabriel Celaya, declamaba el simpático sr. Ibáñez y repetían embobados los entonces ilusos jóvenes, hoy (in)corruptos valetudinarios.

El revolucionario Celaya no sabía probablemente que repetía casi literalmente una viejísima imagen de
Píndaro : los poetas son ἐπέων ... τέκτονες, "epéon téktones", obreros de las palabras.

Si algún poeta se siente más que esto, busque consuelo en la consideración de la palabra latina "vates", que significa tanto "poeta" como "profeta"; ambos están inspirados por los dioses...

domingo, 2 de noviembre de 2008

¿Cuándo empezaron a ser diferentes arte y técnica?

El griego "techne" (τέχνη), de la misma raíz que "arquitecto" o "tejedor", designaba fundamentalmente el "saber hacer profesional", incluyendo el de los artesanos, los músicos, los gramáticos, etc. De ahí derivaron otros sentidos y, sobre todo en Platón, su oposición de un lado a "physis", de otro a "episteme" (vd. Chantraine).
El latín "ars" significaba en principio la manera de ser o de obrar, natural o adquirida, buena o mala. Fue adquiriendo un conjunto de significados que le permitieron traducir plenamente todos los del griego "techne": "habilidad adquirida por el estudio o por la práctica", "conocimiento técnico", de donde "talento, arte" (sentido abstracto y concreto) y finalmente "oficio, profesión" e incluso "trabajo, obra" (vd. Ernout-Meillet).

Por tanto, "ars" y τέχνη son palabras empleadas en sus respectivas lenguas para denotar una misma familia de conceptos, en los que se engloban principalmente los que hoy caerían en el ámbito de la técnica, aunque también los relativos a las bellas artes.

Esta misma situación ha persistido en nuestra lengua durante muchos tiempo, y aún persiste en las definiciones de los diccionarios. Comencemos analizando las definiciones de "arte". ¿Cómo se define en el DRAE? Desde el Diccionario de Autoridades (1726) se recoge, con unas u otras palabras, el sentido de "saber hacer" con carácter general: la edición 2001 dice por ejemplo: "conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo". El sentido que todo hablante de nuestros días asocia en primer lugar a la palabra empieza a manifestarse en la ed. de 1884: "acto mediante el cual, valiéndose de la materia o de lo visible, imita o expresa el hombre lo material o lo invisible, y crea copiando o fantaseando". Y hasta 2001 no aparecen en la definición académica los rasgos que típicamente asociamos a lo "artístico": "manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros."

En cuanto a la familia de palabras derivadas de "techne", de 1803 a 1884 sólo aparece el adjetivo "técnico", para recoger el sentido en que se emplea en "palabra técnica". En 1884 se define ya con carácter general... para decir que significa "perteneciente o relativo a las artes". Y hasta 1925 no se introduce el matiz que hoy le atribuimos: "perteneciente o relativo a las aplicaciones de las ciencias y las artes. En esta misma edición aparece el sustantivo "técnica" como "conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte". La "tecnología" aparece en 1899 como "conjunto de los conocimientos propios de los oficios mecánicos y artes industriales" y sólo en 2001 encontramos una definición con la que estaríamos más de acuerdo: "conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico".