El Gran Monasterio de Nalanda (Nālandā Mahāvihāra), fundado allá por el siglo V de nuestra era en uno de los refugios favoritos de Buda, fue la principal entre las instituciones consagradas al estudio y la enseñanza de las doctrinas budistas. A él acudían estudiosos de toda Asia; uno de ellos, el chino Xuanzang, que residió en el monasterio en el s. VII, dictó a sus discípulos un libro llamado Dà Táng Xīyù Jì, "Relación de las Regiones Occidentales" (Si Yu Ki), donde narra sus viajes y describe lo que en ellos vio. Así habla Xuanzang del monasterio de Nalanda:
"Los monjes, en número de varios millares, son hombres del mayor talento y capacidad. En los tiempos presentes su mérito es muy grande y hay muchos centenares cuya fama se ha extendido rápidamente por distantes regiones... De la mañana a la noche están ocupados en debates: el viejo y el joven se ayudan mutuamente. Quienes no pueden discutir cuestiones extraídas del Tripitaka reciben poca consideración y deben esconderse avergonzados. Muchedumbres de hombres eruditos de diversas ciudades, deseosos de adquirir prontamente renombre en los debates, vienen a resolver sus dudas y a continuación la corriente de su sabiduría se difunde por doquier. Por esta razón algunos usurpan el nombre de alumnos de Nalanda y en consecuencia son honrados en sus idas y venidas. Si personas de otros lugares quieren entrar y tomar parte en las discusiones, el guardián de la puerta les propone alguna cuestión difícil; muchos no son capaces de responder y se retiran. Es necesario haber estudiado profundamente tanto los libros antiguos como los nuevos antes de conseguir ser admitido. Por ello, los estudiantes que llegan como extraños tienen que mostrar su capacidad mediante difíciles debates: los que fracasan, en comparación con los que tienen éxito, son 7 u 8 de cada 10."
¿Qué fue de este emporio del saber y de su célebre biblioteca, donde se atesoraban cientos de miles de manuscritos y se conservaban todos los saberes de la India budista? Tuvo un triste final: en 1193 el caudillo turco Bakhtiyar Khilji, fanático musulmán, saqueó el monasterio, asesinó a los monjes y prendió fuego a la biblioteca; el incendio duró varios meses y el humo de los manuscritos formó una nube que ensombreció la comarca largo tiempo.
Pero, ¿qué tiene que ver este lamentable episodio de intolerancia con la selectividad universitaria? Os daré la respuesta: según ciertas tradiciones tibetanas, aquellos incendios fueron causados, en última instancia, por las maldiciones de algunos visitantes del monasterio que se resintieron del duro trato intelectual recibido de los monjes.
Quizás por ello, y para evitar males mayores, nuestras autoridades educativas -que, como newageros de pro, conocen al dedillo la historia del budismo y sus escuelas- han decidido que todos aquellos que lo deseen ingresen en las universidades y que, tras ser blandamente tratados en ellas, todos ellos egresen con el correspondiente título bajo el brazo.
sábado, 4 de junio de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
La improbable historia de Probable
(Para la X Edición del Carnaval de Matemáticas, albergada por La Ciencia de la Mula Francis)
Si un matemático consigue probar una proposición, se enfadará mucho si alguien le dice que tal proposición es probable. ¿Cómo probable? ¡Segura y bien segura!
¿Nunca te ha llamado la atención esta extraña contraposición, querido lector? ¿Cómo puede ser que “prueba” y “probable” tengan significados casi antagónicos? Quizás, si sueles leer en guachi-guachi, pienses que se trata de un capricho o un error de nuestra Academia; pues en inglés se dice, de una parte “to prove”, “provable”; y de la otra “probable”. Pero no; es nuestra lengua quien es fiel a la etimología, como en este envío intentaremos explicar.
Si alguna vez estudiaste griego, quizás recuerdes con horror aquello de los “verbos en -νυμι” y su paradigma δείκνυμι (déiknymi). Pues bien, ese es el verbo que Euclides empleaba para referirse a lo que hacía con las proposiciones. La frase sacramental con la que acaban sus demostraciones es esta: “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” (hóper édei déixai), “lo que precisamente era necesario mostrar”. Si tiene que mencionar explícitamente el concepto de “demostración” (lo que no ocurre muy a menudo), Euclides emplea el correspondiente sustantivo δεῖξις (deixis, que por cierto aparece en nuestro diccionario con otro de sus significados técnicos) o su compuesto ἀπόδειξις (apódeixis, esta no la tenemos).
¿Qué hicieron los latinos cuando tuvieron que traducir las obras de los lógicos y matemáticos griegos? Pues no pudieron recurrir a las palabras hermanas de δείκνυμι. En efecto, los que saben de estas cosas afirman que de la raíz indoeuropea *deik- (“señalar”, “mostrar”) nacieron tanto el griego δείκνυμι como el latín dícere Pero este último no es más que nuestro español decir; por uno de esos caprichos de la diacronía, en latín la palabra indoeuropea para “señalar” se especializó en el sentido de “señalar con palabras”, o sea, “decir” (si alguno duda de esta etimología, piense en lo que significa el sustantivo índex,”índice”.)
Así que los romanos rebuscaron en su cofre y encontraron el verbo monstrare, “mostrar, indicar”. Ernout y Meillet, de quienes no es prudente discrepar, dicen que proviene de monstrum, término del vocabulario religioso que significaba “prodigio que advierte de la voluntad de los dioses” (¿a que nunca hubieras pensado que “monstruo” tenía este significado original?) Los romanos equipararon “monstrare” con δείκνυμι y, por tanto, “demonstrare” con ἀπoδείκνυμι y “demonstratio” con ἀπόδειξις, apódeixis. Y el “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” se transformó en quod erat demonstrandum , Q. E. D.
Hasta aquí, todo bien. Pero, ¿cuándo aparecieron en esta historia la “prueba” matemática y lo “probablemente” verdadero?
La raíz indoeuropea *bheu-, “crecer”, nos ha producido abundante prole: desde la importantísima “Física” (a través del griego) a la ridícula “guanabí” o “wannabe” (pues de ahí salió también el inglés “to be”). En latín, entre otras cosas, produjo probus, cuyo significado original debió de ser “que crece hacia adelante”, “recto”, y que en tiempos históricos significaba “bueno”. De “probus” se formó el verbo probare, que significaba en general “hacer bueno, comprobar como bueno o representar como bueno”. En particular, una forma de “hacer buena” una afirmación es aducir razones para hacerla creíble, o sea, “probarla”. En este sentido la palabra es empleadísima en el lenguaje filosófico y forense; y así tenemos “probare” como sinónimo - menos técnico- de “demonstrare”.
Según esto, probabilis debería significar lo que el provable inglés: “que puede demostrarse”. ¿Por qué significa algo tan diferente? No culpemos a los medievales o a los modernos; es el mismísimo Cicerón quien, en un tratado sobre el arte de la Oratoria (De Inventione Oratoria, I.46), nos define su significado:
Probabile est id, quod fere fieri solet, aut quod in opinione positum est, aut quod habet in se ad haec quandam similitudinem, sive id falsum est, sive verum.
o sea
“Probable es lo que generalmente suele ocurrir, o lo que se funda en la opinión, o lo que tiene en sí algún parecido con estas cosas, falso o verdadero.”
¿Cómo surge este significado? Al fin y al cabo “probabilis” significa, ni más ni menos, “que se puede probar”. ¿Y cómo se puede “probar” algo falso? La respuesta es sencilla: el “probare” latino tenía un campo de significados mucho más amplio que nuestro “probar”; además de “demostrar”, y antes que ello, significaba “aprobar”. Por ejemplo, se pregunta retóricamente Cicerón en su discurso “En defensa de Milón” (28, 77) : quis est, qui non probet, qui non laudet?, o sea, “¿quién hay que no lo apruebe, que no lo alabe?” (por cierto, eso que según Cicerón todos alaban es un asesinato político.) Por tanto “probabilis” puede significar, y de hecho significa frecuentemente, “que se puede aprobar”; obviamente, se pueden aprobar muchas proposiciones que quizás finalmente resulten falsas, pero a las que damos nuestro asentimiento por ser “lo que generalmente sucede” o estar “fundadas en la opinión”.
Así que si dijéramos “aprobable” en lugar de “probable” la paradoja con que iniciábamos este envío quizás desapareciera; pero el lenguaje también tiene sus razones que la razón no comprende...
Si un matemático consigue probar una proposición, se enfadará mucho si alguien le dice que tal proposición es probable. ¿Cómo probable? ¡Segura y bien segura!
¿Nunca te ha llamado la atención esta extraña contraposición, querido lector? ¿Cómo puede ser que “prueba” y “probable” tengan significados casi antagónicos? Quizás, si sueles leer en guachi-guachi, pienses que se trata de un capricho o un error de nuestra Academia; pues en inglés se dice, de una parte “to prove”, “provable”; y de la otra “probable”. Pero no; es nuestra lengua quien es fiel a la etimología, como en este envío intentaremos explicar.
Si alguna vez estudiaste griego, quizás recuerdes con horror aquello de los “verbos en -νυμι” y su paradigma δείκνυμι (déiknymi). Pues bien, ese es el verbo que Euclides empleaba para referirse a lo que hacía con las proposiciones. La frase sacramental con la que acaban sus demostraciones es esta: “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” (hóper édei déixai), “lo que precisamente era necesario mostrar”. Si tiene que mencionar explícitamente el concepto de “demostración” (lo que no ocurre muy a menudo), Euclides emplea el correspondiente sustantivo δεῖξις (deixis, que por cierto aparece en nuestro diccionario con otro de sus significados técnicos) o su compuesto ἀπόδειξις (apódeixis, esta no la tenemos).
¿Qué hicieron los latinos cuando tuvieron que traducir las obras de los lógicos y matemáticos griegos? Pues no pudieron recurrir a las palabras hermanas de δείκνυμι. En efecto, los que saben de estas cosas afirman que de la raíz indoeuropea *deik- (“señalar”, “mostrar”) nacieron tanto el griego δείκνυμι como el latín dícere Pero este último no es más que nuestro español decir; por uno de esos caprichos de la diacronía, en latín la palabra indoeuropea para “señalar” se especializó en el sentido de “señalar con palabras”, o sea, “decir” (si alguno duda de esta etimología, piense en lo que significa el sustantivo índex,”índice”.)
Así que los romanos rebuscaron en su cofre y encontraron el verbo monstrare, “mostrar, indicar”. Ernout y Meillet, de quienes no es prudente discrepar, dicen que proviene de monstrum, término del vocabulario religioso que significaba “prodigio que advierte de la voluntad de los dioses” (¿a que nunca hubieras pensado que “monstruo” tenía este significado original?) Los romanos equipararon “monstrare” con δείκνυμι y, por tanto, “demonstrare” con ἀπoδείκνυμι y “demonstratio” con ἀπόδειξις, apódeixis. Y el “ὅπερ ἔδει δεῖξαι” se transformó en quod erat demonstrandum , Q. E. D.
Hasta aquí, todo bien. Pero, ¿cuándo aparecieron en esta historia la “prueba” matemática y lo “probablemente” verdadero?
La raíz indoeuropea *bheu-, “crecer”, nos ha producido abundante prole: desde la importantísima “Física” (a través del griego) a la ridícula “guanabí” o “wannabe” (pues de ahí salió también el inglés “to be”). En latín, entre otras cosas, produjo probus, cuyo significado original debió de ser “que crece hacia adelante”, “recto”, y que en tiempos históricos significaba “bueno”. De “probus” se formó el verbo probare, que significaba en general “hacer bueno, comprobar como bueno o representar como bueno”. En particular, una forma de “hacer buena” una afirmación es aducir razones para hacerla creíble, o sea, “probarla”. En este sentido la palabra es empleadísima en el lenguaje filosófico y forense; y así tenemos “probare” como sinónimo - menos técnico- de “demonstrare”.
Según esto, probabilis debería significar lo que el provable inglés: “que puede demostrarse”. ¿Por qué significa algo tan diferente? No culpemos a los medievales o a los modernos; es el mismísimo Cicerón quien, en un tratado sobre el arte de la Oratoria (De Inventione Oratoria, I.46), nos define su significado:
Probabile est id, quod fere fieri solet, aut quod in opinione positum est, aut quod habet in se ad haec quandam similitudinem, sive id falsum est, sive verum.
o sea
“Probable es lo que generalmente suele ocurrir, o lo que se funda en la opinión, o lo que tiene en sí algún parecido con estas cosas, falso o verdadero.”
¿Cómo surge este significado? Al fin y al cabo “probabilis” significa, ni más ni menos, “que se puede probar”. ¿Y cómo se puede “probar” algo falso? La respuesta es sencilla: el “probare” latino tenía un campo de significados mucho más amplio que nuestro “probar”; además de “demostrar”, y antes que ello, significaba “aprobar”. Por ejemplo, se pregunta retóricamente Cicerón en su discurso “En defensa de Milón” (28, 77) : quis est, qui non probet, qui non laudet?, o sea, “¿quién hay que no lo apruebe, que no lo alabe?” (por cierto, eso que según Cicerón todos alaban es un asesinato político.) Por tanto “probabilis” puede significar, y de hecho significa frecuentemente, “que se puede aprobar”; obviamente, se pueden aprobar muchas proposiciones que quizás finalmente resulten falsas, pero a las que damos nuestro asentimiento por ser “lo que generalmente sucede” o estar “fundadas en la opinión”.
Así que si dijéramos “aprobable” en lugar de “probable” la paradoja con que iniciábamos este envío quizás desapareciera; pero el lenguaje también tiene sus razones que la razón no comprende...
sábado, 8 de enero de 2011
Autómatas
Autómatas
Ya hemos contado cómo informática viene de información automática, y también el origen de la palabra información . Para completar el cuento, faltaría hablar acerca de automático; eso es lo que en este envío pretendemos hacer. “Automático”, obviamente, es el adjetivo correspondiente a “autómata”, así que estudiaremos la historia de esta última palabra.
De una raíz indoeuropea *men-, asociada a las actividades espirituales tanto intelectivas como volitivas, hacen derivar los sabios muchas palabras de las lenguas actuales, entre ellas el inglés mind y el castellano mente. En griego, entre otros términos, contribuyó a formar el adjetivo αὐτόματος (“automatos”), cuyos elementos son de una parte el bien conocido “auto-” y de otra “-matos”, que significaría “relativo al espíritu”; dando como significado conjunto “que actúa por sí mismo, por propio impulso”, “espontáneo”, “casual” (en viejos diccionarios se puede encontrar, sin embargo, otra derivación: “-matos” correspondería a μαίομαι “maiomai”, perseguir).
Cuando automatos se aplica a cosas, el sentido predominante es el primero de los arriba citados. Y así leemos en la Ilíada que “las autómatas puertas del cielo rechinaron” (5.749) o que Vulcano construía trípodes “para que aquellos autómatos pudiesen entrar en la asamblea divina...” (18.376)
Nada más natural que sustantivar el adjetivo y emplear su forma neutra (automaton, latinizado automatum) para designar máquinas accionadas por otra fuerza que la de los esclavos. No me resisto a citar un texto de Suetonio, quien en su Vida de Claudio , 34 dice de este emperador que
Bestiaris meridianisque adeo delectabatur, ut et prima luce ad spectaculum descenderet et meridie dimisso ad prandium populo persederet. Praeterque destinatos etiam leui subita que de causa quosdam committeret, de fabrorum quoque ac ministrorum atque id genus numero, si automatum uel pegma uel quid tale aliud parum cessisset.
es decir
Gustábale tanto ver las luchas de los gladiadores llamados bestiarios y los combates del mediodía, que iba a sentarse en el anfiteatro desde el amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, hacía bajar a la arena, con el pretexto más ligero e imprevisto, a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí, si se descomponía un autómato, un resorte u otra cosa cualquiera.
Es de suponer que los mecánicos del Circo cobraran un buen plus de peligrosidad.
Volviendo a nuestra historia, diremos que tanto el adjetivo como el sustantivo pasaron a las lenguas modernas, en las que están atestiguados desde el s. XVI. Por ejemplo, el Diccionario Histórico de la Academia recoge una aparición del sustantivo “autómato” en la traducción castellana que de Vitrubio publicó Urrea en 1583:
... inventó las máchinas hydráulicas, que son instrumentos músicos de agua, y el exprimir de las aguas, y los autómatos del porrecto
Y en francés, Rabelais emplea el adjetivo en el Gargantue:
Bastissoient plusieurs petitz engins automates, c'est à dire soy mouvans eulx mesmes
es decir
Idearon mil maquinitas autómatas, es decir, que se movían por sí mismas
Durante los siglos XVII y XVIII, siglos de racionalismo y de mecanicismo, la construcción de máquinas que se movían por sí mismas fue una actividad a la que se dedicaron muchos esfuerzos; y el concepto sedujo a filósofos y pensadores tan ilustres como Descartes
Quid autem video praeter pileos et vestes, sub quibus latere possent automata? (Meditationes de prima philosophia, med. 2)
(Pues, ¿qué veo más allá de sombreros y vestidos, bajo los cuales podrían esconderse autómatos?)
como Spinoza
... verba Psittaci, vel automati, quae sine mente, et sensu loquuntur. (Tractatus theologico-politicus, cap. XIII)
(... las palabras del loro, o del autómato, que sin mente y sin sentido hablan.)
o como Pascal
Il ne faut pas se méconnoître, nous sommes automate autant qu'esprit. (Pensées, 252)
(No conviene equivocarse respecto a uno mismo; somos tanto autómato como espíritu.)
Por entonces, poco se filosofaba y pensaba en castellano. Sin embargo, podemos encontar algunas apariciones de la palabra y, en consecuencia, es recogida en el Suplemento de 1780 al Diccionario Académico :
Autómato. s. m. La máquina que tiene en sí misma el principio de su movimiento.
Hasta ahora hemos escrito siempre “autómato”. Nótese que, conforme a la etimología, la Academia establecía que la palabra debe acabar en “-o”. Pero ya en el tiempo en que se publicaba el “Suplemento”, la forma “autómata” era de empleo común; como tantas otras palabras (“estratega”, “autodidacta”), se adaptaba irreflexivamente del francés, transformando la “-e” final en “-a”; y así, “automate” se traducía por “autómata”. La Academia reconoce este uso en la edición de 1843 de su Diccionario, en la que coexisten “autómato” y “autómata”; pero desde 1869 recoge únicamente el galicismo “autómata”. ¡Así es la vida de las palabras!
¿Y en inglés? Se dice “automata”, ¿verdad? La respuesta es sí y no. La máquina que se mueve por sí misma se llama “automaton”, como manda la etimología; “automata” es su plural, como en griego y en latín. Aunque, querido lector, no te sorprendas si alguna vez encuentras escritas cosas como “the most general and powerful automata is the Turing machine” (lo acabo de leer, ¡nada menos que en Stanford!); un plural en “-a” no resulta natural para un anglohablante y, por otra parte, el conocimiento de las lenguas clásicas no es una competencia que los informáticos suelan desarrollar.
Ya hemos contado cómo informática viene de información automática, y también el origen de la palabra información . Para completar el cuento, faltaría hablar acerca de automático; eso es lo que en este envío pretendemos hacer. “Automático”, obviamente, es el adjetivo correspondiente a “autómata”, así que estudiaremos la historia de esta última palabra.
De una raíz indoeuropea *men-, asociada a las actividades espirituales tanto intelectivas como volitivas, hacen derivar los sabios muchas palabras de las lenguas actuales, entre ellas el inglés mind y el castellano mente. En griego, entre otros términos, contribuyó a formar el adjetivo αὐτόματος (“automatos”), cuyos elementos son de una parte el bien conocido “auto-” y de otra “-matos”, que significaría “relativo al espíritu”; dando como significado conjunto “que actúa por sí mismo, por propio impulso”, “espontáneo”, “casual” (en viejos diccionarios se puede encontrar, sin embargo, otra derivación: “-matos” correspondería a μαίομαι “maiomai”, perseguir).
Cuando automatos se aplica a cosas, el sentido predominante es el primero de los arriba citados. Y así leemos en la Ilíada que “las autómatas puertas del cielo rechinaron” (5.749) o que Vulcano construía trípodes “para que aquellos autómatos pudiesen entrar en la asamblea divina...” (18.376)
Nada más natural que sustantivar el adjetivo y emplear su forma neutra (automaton, latinizado automatum) para designar máquinas accionadas por otra fuerza que la de los esclavos. No me resisto a citar un texto de Suetonio, quien en su Vida de Claudio , 34 dice de este emperador que
Bestiaris meridianisque adeo delectabatur, ut et prima luce ad spectaculum descenderet et meridie dimisso ad prandium populo persederet. Praeterque destinatos etiam leui subita que de causa quosdam committeret, de fabrorum quoque ac ministrorum atque id genus numero, si automatum uel pegma uel quid tale aliud parum cessisset.
es decir
Gustábale tanto ver las luchas de los gladiadores llamados bestiarios y los combates del mediodía, que iba a sentarse en el anfiteatro desde el amanecer y permanecía allí hasta durante el mediodía cuando el pueblo se retiraba a comer. Además de los gladiadores de profesión, hacía bajar a la arena, con el pretexto más ligero e imprevisto, a los obreros y gentes de servicio que se encontraban allí, si se descomponía un autómato, un resorte u otra cosa cualquiera.
Es de suponer que los mecánicos del Circo cobraran un buen plus de peligrosidad.
Volviendo a nuestra historia, diremos que tanto el adjetivo como el sustantivo pasaron a las lenguas modernas, en las que están atestiguados desde el s. XVI. Por ejemplo, el Diccionario Histórico de la Academia recoge una aparición del sustantivo “autómato” en la traducción castellana que de Vitrubio publicó Urrea en 1583:
... inventó las máchinas hydráulicas, que son instrumentos músicos de agua, y el exprimir de las aguas, y los autómatos del porrecto
Y en francés, Rabelais emplea el adjetivo en el Gargantue:
Bastissoient plusieurs petitz engins automates, c'est à dire soy mouvans eulx mesmes
es decir
Idearon mil maquinitas autómatas, es decir, que se movían por sí mismas
Durante los siglos XVII y XVIII, siglos de racionalismo y de mecanicismo, la construcción de máquinas que se movían por sí mismas fue una actividad a la que se dedicaron muchos esfuerzos; y el concepto sedujo a filósofos y pensadores tan ilustres como Descartes
Quid autem video praeter pileos et vestes, sub quibus latere possent automata? (Meditationes de prima philosophia, med. 2)
(Pues, ¿qué veo más allá de sombreros y vestidos, bajo los cuales podrían esconderse autómatos?)
como Spinoza
... verba Psittaci, vel automati, quae sine mente, et sensu loquuntur. (Tractatus theologico-politicus, cap. XIII)
(... las palabras del loro, o del autómato, que sin mente y sin sentido hablan.)
o como Pascal
Il ne faut pas se méconnoître, nous sommes automate autant qu'esprit. (Pensées, 252)
(No conviene equivocarse respecto a uno mismo; somos tanto autómato como espíritu.)
Por entonces, poco se filosofaba y pensaba en castellano. Sin embargo, podemos encontar algunas apariciones de la palabra y, en consecuencia, es recogida en el Suplemento de 1780 al Diccionario Académico :
Autómato. s. m. La máquina que tiene en sí misma el principio de su movimiento.
Hasta ahora hemos escrito siempre “autómato”. Nótese que, conforme a la etimología, la Academia establecía que la palabra debe acabar en “-o”. Pero ya en el tiempo en que se publicaba el “Suplemento”, la forma “autómata” era de empleo común; como tantas otras palabras (“estratega”, “autodidacta”), se adaptaba irreflexivamente del francés, transformando la “-e” final en “-a”; y así, “automate” se traducía por “autómata”. La Academia reconoce este uso en la edición de 1843 de su Diccionario, en la que coexisten “autómato” y “autómata”; pero desde 1869 recoge únicamente el galicismo “autómata”. ¡Así es la vida de las palabras!
¿Y en inglés? Se dice “automata”, ¿verdad? La respuesta es sí y no. La máquina que se mueve por sí misma se llama “automaton”, como manda la etimología; “automata” es su plural, como en griego y en latín. Aunque, querido lector, no te sorprendas si alguna vez encuentras escritas cosas como “the most general and powerful automata is the Turing machine” (lo acabo de leer, ¡nada menos que en Stanford!); un plural en “-a” no resulta natural para un anglohablante y, por otra parte, el conocimiento de las lenguas clásicas no es una competencia que los informáticos suelan desarrollar.
lunes, 29 de noviembre de 2010
El origen de "Informática"
Como hemos dicho en otro lugar, la palabra latina fōrma, supuestamente tomada del griego morphé a través del etrusco, fue fecunda en compuestos y derivados, de los que hoy nos interesa informare.
El sentido propio de informare era, claro está, “dar forma a una cosa, moldearla”. Pero este sentido literal no es el más frecuente en latín clásico donde, de manera habitual, los que reciben la acción de “informare” son seres humanos a los que se “moldea” figuradamente, es decir, a los que se educa o instruye. Aún resuena este sentido en nuestro diccionario académico, que recoge como acepción anticuada de “información” la de “educación, instrucción” (sin embargo, en latín clásico el sentido más usual de “informatio” era el de “representación” de algo, bien por medios físicos, bien por medios intelectuales).
He aquí pues un primer deslizamiento semántico: de moldear objetos a moldear mentes. En latín medieval se produce un segundo deslizamiento. ¿Cuál será el procedimiento empleado para moldear las mentes? Las posibilidades son muchas, pero en una de ellas fijó su atención el caprichoso espíritu de la lengua: en la de proporcionarles nuevos conocimientos, es decir, “informar”.
“Informatio” y sus formas romanceadas (en castellano, “información”) son frecuentísimas desde tempana fecha. Por ejemplo, leemos en la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar (1480):
E para más clara información de los que leyeren esta Crónica, es de saber que entre los criados que el rey don Enrique tovo fué [...]
El Diccionario de Autoridades (1734) recoge puntualmente este sentido:
Informar. Vale también dar noticias a alguno o ponerle en el hecho de alguna cosa .
Información. El acto de informarse o informar de algo.
Más exactamente dice la edición de 1803 que “información” es “la acción o efecto de informar o informarse". Pero el sentido de “información” como materia o sustancia no se recoge hasta 1984:
"Comunicación o adquisición de conocimientos que permiten ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada. Conocimientos así comunicados o adquiridos."
Y, precisamente en este mismo año 1984, aparece por vez primera en el diccionario académico la palabra “Informática”:
Conjunto de conocimientos científicos y técnicas que hacen posible el tratamiento automático de la información por medio de calculadoras electrónicas.
Y así llegamos finalmente al objeto de esta entrada: el origen de la palabra “informática”. Pese a que algunos lo siguen discutiendo, sabemos quién fue su progenitor: el ingeniero francés Philippe Dreyfus; y cuál fue su año natal: 1962. En el libro “La Techno-science en question : eléments pour une archéologie du XXe siècle”, publicado en 1990 y escrito por Philippe Breton, Alain-Marc Rieu y Franck Tinland podemos encontrar las palabras del mismo M. Dreyfus, quien describe así su invención:
Justamente, no había ningún nombre, esto es lo que me molestaba, por esto creé la palabra “informática”, se hacía cálculo numérico, estaban los ingenieros electrónicos pero yo no hacía nada de electrónica, y cuando me preguntaban qué es lo que yo hacía, decía, soy ingeniero, construyo calculadoras electrónicas, no, pero no las construyo, de hecho los programo, la gente no sabía, no había un témino... me pregunté qué había de específico en los ordenadores... la palabrá que resultó juntaba “información” y “automática.”
Según estos autores,
... las dos primeras salidas oficiales de la palabra son un artículo del periódico Le Monde fechado el 2 de mayo de 1962 y escrito por el mismo Dreyfus, precedido del registro en marzo del mismo año del nombre de una de las filiales de la Société d’Economie et de Mathématique Appliquée, la Société d’Informátique Appliquée...
Pese a algunas polémicas y frente a la oposición de algunos científicos e ingenieros, la palabra triunfó en Francia y no solo allí; por ejemplo, en España se adoptó rápidamente, según afirma un testigo presencial (Antonio Vaquero: La lengua española en el contexto informático.)
Y de esta manera el círculo léxico se cierra, volviendo las cosas a su origen: si informare significaba “moldear” objetos, hoy la Informática moldea todo lo que nos rodea: las comidas que comemos, las páginas que leemos... y la vida que queremos vivir.
El sentido propio de informare era, claro está, “dar forma a una cosa, moldearla”. Pero este sentido literal no es el más frecuente en latín clásico donde, de manera habitual, los que reciben la acción de “informare” son seres humanos a los que se “moldea” figuradamente, es decir, a los que se educa o instruye. Aún resuena este sentido en nuestro diccionario académico, que recoge como acepción anticuada de “información” la de “educación, instrucción” (sin embargo, en latín clásico el sentido más usual de “informatio” era el de “representación” de algo, bien por medios físicos, bien por medios intelectuales).
He aquí pues un primer deslizamiento semántico: de moldear objetos a moldear mentes. En latín medieval se produce un segundo deslizamiento. ¿Cuál será el procedimiento empleado para moldear las mentes? Las posibilidades son muchas, pero en una de ellas fijó su atención el caprichoso espíritu de la lengua: en la de proporcionarles nuevos conocimientos, es decir, “informar”.
“Informatio” y sus formas romanceadas (en castellano, “información”) son frecuentísimas desde tempana fecha. Por ejemplo, leemos en la Crónica de los Reyes Católicos de Hernando del Pulgar (1480):
E para más clara información de los que leyeren esta Crónica, es de saber que entre los criados que el rey don Enrique tovo fué [...]
El Diccionario de Autoridades (1734) recoge puntualmente este sentido:
Informar. Vale también dar noticias a alguno o ponerle en el hecho de alguna cosa .
Información. El acto de informarse o informar de algo.
Más exactamente dice la edición de 1803 que “información” es “la acción o efecto de informar o informarse". Pero el sentido de “información” como materia o sustancia no se recoge hasta 1984:
"Comunicación o adquisición de conocimientos que permiten ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada. Conocimientos así comunicados o adquiridos."
Y, precisamente en este mismo año 1984, aparece por vez primera en el diccionario académico la palabra “Informática”:
Conjunto de conocimientos científicos y técnicas que hacen posible el tratamiento automático de la información por medio de calculadoras electrónicas.
Y así llegamos finalmente al objeto de esta entrada: el origen de la palabra “informática”. Pese a que algunos lo siguen discutiendo, sabemos quién fue su progenitor: el ingeniero francés Philippe Dreyfus; y cuál fue su año natal: 1962. En el libro “La Techno-science en question : eléments pour une archéologie du XXe siècle”, publicado en 1990 y escrito por Philippe Breton, Alain-Marc Rieu y Franck Tinland podemos encontrar las palabras del mismo M. Dreyfus, quien describe así su invención:
Justamente, no había ningún nombre, esto es lo que me molestaba, por esto creé la palabra “informática”, se hacía cálculo numérico, estaban los ingenieros electrónicos pero yo no hacía nada de electrónica, y cuando me preguntaban qué es lo que yo hacía, decía, soy ingeniero, construyo calculadoras electrónicas, no, pero no las construyo, de hecho los programo, la gente no sabía, no había un témino... me pregunté qué había de específico en los ordenadores... la palabrá que resultó juntaba “información” y “automática.”
Según estos autores,
... las dos primeras salidas oficiales de la palabra son un artículo del periódico Le Monde fechado el 2 de mayo de 1962 y escrito por el mismo Dreyfus, precedido del registro en marzo del mismo año del nombre de una de las filiales de la Société d’Economie et de Mathématique Appliquée, la Société d’Informátique Appliquée...
Pese a algunas polémicas y frente a la oposición de algunos científicos e ingenieros, la palabra triunfó en Francia y no solo allí; por ejemplo, en España se adoptó rápidamente, según afirma un testigo presencial (Antonio Vaquero: La lengua española en el contexto informático.)
Y de esta manera el círculo léxico se cierra, volviendo las cosas a su origen: si informare significaba “moldear” objetos, hoy la Informática moldea todo lo que nos rodea: las comidas que comemos, las páginas que leemos... y la vida que queremos vivir.
martes, 19 de octubre de 2010
Morphé, Forma, Shape
Contra lo que algunos lingüístas del s. XIX mantuvieron, los modernos opinan que la palabra griega morphé (μορφή) no procede de ninguna raíz indoeuropea conocida. Sea como fuere, desde los primeros testimonios literarios encontramos morphé con el significado de “forma armoniosa, bella” y, en general, “forma”. Este último es el que tiene el elemento compositivo “morfo”, tan presente en el léxico científico (“morfología”, “isomorfo”, “polimorfismo”) y aún en el común (“amorfo”). Más curiosas son otras derivaciones de morphé: por ejemplo, de aquí proviene el nombre del dios de sueño Morfeo (Μορφεύς), así llamado por las “formas” que hace aparecer ante quien duerme. Como dice Ovidio en sus Metamorfosis -por cierto, he aquí otro compuesto de morphé- Morfeo es artesano e imitador de la figura. Y de Morfeo, pasados dieciocho siglos desde Ovidio, el farmacéutico alemán Friedrich Sertürner sacó el nombre para la morfina, que tantos dolores ha aliviado.
La palabra latina correspondiente a morphé es fōrma. A simple vista se aprecia el parecido entre ambas; sin embargo, por ciertos detalles técnicos el préstamo directo es sumamente improbable, por lo cual los sabios suponen que los latinos tomaron fōrma del etrusco (siempre tan socorrido para explicar lo que no sabemos explicar del latín), que a su vez habría tomado el préstamo del griego. Entre otros sentidos de fōrma destaca el de “molde”, por ejemplo, el molde de los quesos. ¿Quién podría suponer que el francés fromage tuviera este origen? Aunque lo veremos más claro si consideramos el italiano formaggio o el catalán formatge. De derivados latinos de fōrma ha tomado el español, entre otras palabras, formal, fórmula y conforme; y también informar, la historia de cuyos deslizamientos semánticos merece entrada propia. Formosus era en principio “hecho (bien) en el molde” y de ahí “bello” y nuestro hermoso.
Según las reglas de la gramática histórica fōrma debió dar en castellano horma y, en efecto, la dió. La palabra está atestiguada desde el s. XV y es de suponer que se empleara bastante antes; sin embargo, su uso es muchísimo menos frecuente que el de la palabra latina original y se restringió enseguida para designar el concepto de “molde”, y aún dentro de éste, especialmente el de sombreros o zapatos.
La palabra inglesa shape, al contrario de lo que ocurre con morphé y fōrma, proviene claramente de una raíz indoeuropea, muy productiva en germánico, en latín y en griego. Se trata de *(s)kep-, que se asocia a las ideas de “cortar” y “raspar”. En germánico dió *skap-, de donde el antiguo inglés sceppan (dar forma) y gesceap (forma), y de ésta finalmente shape, que encontramos desde el s. XV.
Como se ve, los antiguos germanos daban forma a las cosas con el hacha (palabra que proviene una variante sin “s” de esta misma raíz, a través del fráncico *happja y el antiguo francés hache). Los griegos preferían raspar o cavar; de la variante *(s)kabh- formaron skapto (σκάπτω), “cavar” y skaphe (σκάφη), “cosa en forma de hoyo”, palabra que designaba bañeras, cunas y barcos y de la que salen nuestros compuestos cultos batiscafo (barco para las profundidades) y escafandra (hombre barco).
Acabaremos citando un curioso pariente de shape. De otra variante de *(s)kep- proviene el neerlandés medio kappen “cortar” y de él el antiguo francés chapuis, “pedazo de madera”, de donde nuestro hispánico chapuz o chapuza. Ved qué extraños caminos tiene el lenguaje: de shape a chapuza hay apenas dos o tres pasos...
La palabra latina correspondiente a morphé es fōrma. A simple vista se aprecia el parecido entre ambas; sin embargo, por ciertos detalles técnicos el préstamo directo es sumamente improbable, por lo cual los sabios suponen que los latinos tomaron fōrma del etrusco (siempre tan socorrido para explicar lo que no sabemos explicar del latín), que a su vez habría tomado el préstamo del griego. Entre otros sentidos de fōrma destaca el de “molde”, por ejemplo, el molde de los quesos. ¿Quién podría suponer que el francés fromage tuviera este origen? Aunque lo veremos más claro si consideramos el italiano formaggio o el catalán formatge. De derivados latinos de fōrma ha tomado el español, entre otras palabras, formal, fórmula y conforme; y también informar, la historia de cuyos deslizamientos semánticos merece entrada propia. Formosus era en principio “hecho (bien) en el molde” y de ahí “bello” y nuestro hermoso.
Según las reglas de la gramática histórica fōrma debió dar en castellano horma y, en efecto, la dió. La palabra está atestiguada desde el s. XV y es de suponer que se empleara bastante antes; sin embargo, su uso es muchísimo menos frecuente que el de la palabra latina original y se restringió enseguida para designar el concepto de “molde”, y aún dentro de éste, especialmente el de sombreros o zapatos.
La palabra inglesa shape, al contrario de lo que ocurre con morphé y fōrma, proviene claramente de una raíz indoeuropea, muy productiva en germánico, en latín y en griego. Se trata de *(s)kep-, que se asocia a las ideas de “cortar” y “raspar”. En germánico dió *skap-, de donde el antiguo inglés sceppan (dar forma) y gesceap (forma), y de ésta finalmente shape, que encontramos desde el s. XV.
Como se ve, los antiguos germanos daban forma a las cosas con el hacha (palabra que proviene una variante sin “s” de esta misma raíz, a través del fráncico *happja y el antiguo francés hache). Los griegos preferían raspar o cavar; de la variante *(s)kabh- formaron skapto (σκάπτω), “cavar” y skaphe (σκάφη), “cosa en forma de hoyo”, palabra que designaba bañeras, cunas y barcos y de la que salen nuestros compuestos cultos batiscafo (barco para las profundidades) y escafandra (hombre barco).
Acabaremos citando un curioso pariente de shape. De otra variante de *(s)kep- proviene el neerlandés medio kappen “cortar” y de él el antiguo francés chapuis, “pedazo de madera”, de donde nuestro hispánico chapuz o chapuza. Ved qué extraños caminos tiene el lenguaje: de shape a chapuza hay apenas dos o tres pasos...
miércoles, 13 de octubre de 2010
Que inventen ellos
Cervantes describe como nadie la desesperación de quien busca una demostración y no la halla:
Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias -dijo a esta sazón el matemático-; [...] más, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo y allí lo tomo; y, pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed. Por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.
Quizás debamos decir que Cervantes pone a este matemático en un hospital, internado como loco, junto con un poeta, un alquimista y un arbitrista (a éste último lo llamaríamos en nuestros días economista). Vanidad de vanidades...
Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias -dijo a esta sazón el matemático-; [...] más, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo y allí lo tomo; y, pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed. Por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo Sísifo.
Quizás debamos decir que Cervantes pone a este matemático en un hospital, internado como loco, junto con un poeta, un alquimista y un arbitrista (a éste último lo llamaríamos en nuestros días economista). Vanidad de vanidades...
domingo, 26 de septiembre de 2010
Shijing, nº 141
Shijing, nº 141
Espinos cabe las tumbas,
el hacha los cortará.
Aquel hombre no es honrado,
todos lo conocen ya.
Conociéndolo, no muda,
¿quién puede así perdurar?
Ciruelos cabe las tumbas,
los búhos pósanse allá.
Aquel hombre no es honrado,
coplas avisos le dan.
Lo avisan, pero no atiende;
cuando caiga atenderá.
Espinos cabe las tumbas,
el hacha los cortará.
Aquel hombre no es honrado,
todos lo conocen ya.
Conociéndolo, no muda,
¿quién puede así perdurar?
Ciruelos cabe las tumbas,
los búhos pósanse allá.
Aquel hombre no es honrado,
coplas avisos le dan.
Lo avisan, pero no atiende;
cuando caiga atenderá.
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