Un pequeño grupo de palabras son de origen desconocido; probablemente las hemos heredado de los más antiguos habitantes de la Península, anteriores a celtas y romanos. Entre ellas se encuentran
álamo,
coscoja y
madroño. Especial interés ofrece
pinsapo; se conjetura una forma
*sappus -quizá céltica- que habría originado también el francés
sapin.
Otros nombres provienen inequívocamente de ciertas raíces que los pueblos indoeuropeos emplearon para denominar especies arbóreas.
De
*perkwo- sale el latín
quercus, de donde (pasando por el mozárabe y el árabe hispánico) nuestro rotundo
alcornoque. Notemos que la misma raíz a través del germánico ha dado en inglés
fir, que nombra un árbol bien distinto; esta evolución divergente es frecuente en los nombres de árboles.
De
*bhago- sale el latín
fagus y finalmente nuestra
haya. De esta raíz también proviene el inglés
beech.
Sin embargo, la raíz
*derwo- o
*dru- (empleada para designar el
roble, árbol sagrado, y que en inglés ha dado el nombre genérico
tree), no se conserva en ninguno de nuestros nombres de árbol.
La raíz
*pi- refiere a los significados "gordo", "grasa", "viscosidad". Por ello también se empleó para designar el resinoso
pinus. De
pix se ha tomado el cultismo
pícea.
La raíz
bhereg-, "brillante, blanco" fue empleada desde el origen para designar al árbol blanco por antonomasia. Este árbol en latín fue el
fraxinus, de donde nuestro
fresno, pero en germánico fue el
*birkjon, o sea, el inglés
birch. Para nombrar este último el latín y el céltico recurren a la raíz propia
*betu(l)l-, de donde nuestro
abedul.
También indicaba un cierto color la raíz
*reudh-, "rojo", de donde el latín
robur, rojizo, que sirvió para denominar al
quercus robur, y de ahí nuestro
roble. De una variante de la raíz
*sal-, "gris, sucio", proviene el latín
salix, salicis, de donde el castellano
sauce. Y de la raíz
*el-, empleada para formar diversos nombres de seres de color "rojizo", "marrón", se formó el
ulmus, de donde nuestro
olmo; y quizás también nuestro
aliso, a través de un hipotético germánico
*aliz.
De la raíz
*wei-, "doblar, torcer", sale el latín
vimen, viminis y de éste el castellano
mimbre (antiguamente,
vimbre) y
mimbrera. Notemos que de la misma raíz
*wei- procede la latina
vitis, o sea, nuestra
vid.
De la raíz
*pele-, "llano, extendido", proceden
palma y
palmera. De su variante
*plat- se formó el griego
platanos, tomado como préstamo por el latín
platanus y el castellano
plátano.
Muchos otros nombres latinos han sido heredados por el castellano desde los comienzos del idioma. Entre ellos podemos citar
ilex, ilicis, de donde
*ilicina, de donde nuestra
encina;
abies, de donde el aragonés y catalán
avet y nuestro
abeto;
populus, vulgarmente
*ploppus, de donde
chopo;
cupressus o
cypressus, de donde
ciprés;
juniperus, vulgarmente
jiniperus, de donde
enebro;
oliva (relacionado con el griego
elaia), de donde
olivus y
olivo; y
taxus, de donde
tejo. De
tilia proviene el francés antiguo
til y finalmente nuestro
tilo.
El
cedro no es autóctono en Castilla; pero ya en la Edad Media se tomó la palabra del latín
cedrus, que era también préstamo del griego
kedros.
Los árboles frutales suelen formar sus nombres castellanos a partir de los de sus frutos. Del latín
ficus se formo
higo, del cual se derivó
higuera; de
morum,
pirum y
sorbum salieron
mora,
pera y
serba y de estas
moral,
peral y
serbal. Análogamente, de la raíz indoeuropea
*kneu-, "nuez", proviene el latín clásico
nux, nucis, y de éste
nucalis y
nogal.
Los romanos adoptaron muchos nombres griegos para frutas y frutales. Por ejemplo,
cerezo y
cereza vienen del latín vulgar
ceresia, clásico
cerasium, préstamo del griego
kerasion y posiblemente originado de una raíz indoeuropea
*ker-.
Almendro y
almendra vienen del latín vulgar
amindula, clásico
amygdala, tomado del griego
amygdale.
Níspero viene del latín vulgar
nespirum, clásico
mespilum, tomado del griego
mespilos.
Castaño viene del latín
castanea y este, según la opinión más común, del griego
kastanion.
Más compleja es la historia de otros nombres frutales.
Albaricoquero, de
albaricoque, procede en primera instancia del árabe
burquq, el cual quizás provenga a través del griego del latín
persica praecocia, es decir, "melocotones precoces", lo cual finalmente nos llevaría a la raíz indoeuropea
*pekw-, "madurar, cocer".
Ciertas frutas han tomado sus nombres de los adjetivos que calificaban a las palabras latinas
nux "nuez",
pruna "ciruela" o
malum "manzana, fruta en general". Así,
avellana es la latina
nux abellana, es decir, "nuez de Abella", ciudad donde se cultivaba.
Ciruela es la latina
cereola pruna, es decir, "ciruela del color de la cera".
Manzana es la latina
malum mattianum, es decir, "manzana de Matto", llamada así en honor del tratadista Cayo Matto.
Melocotón es la latina
malum cotoneum, que era la denominación del
membrillo. Cuya etimología, por cierto, es también complicada: viene de un cruce de los latinos
melimelum "manzana muy dulce" y
melomeli "dulce de membrillo", que a su vez son dos compuestos diferentes de las palabras griegas
meli (miel) y
melon (fruta, manzana).
Como puede observarse, la mayoría de nuestros árboles conservan los nombres latinos. Unos pocos, sin embargo, han adoptado denominaciones arábigas:
acebuche, del árabe hispánico (no clásico)
zebbug, posiblemente bereber;
alerce, de
'arz, "cedro";
algarrobo, de
harrubah (y éste del persa
har lup, "quijada de burro"); y
almez y
almecino, de
mays.
En cuanto a árboles frutales, debemos a los árabes nuestros
limonero y
naranjo, formados a partir de los nombres de sus respectivos frutos, que en árabe son
laimun y
narang. El primero viene del persa
limu, y este del sánscrito
nimbu; el segundo, del persa
narang, y este del sánscrito
naranga.
Por último, citemos algunos árboles alóctonos presentes en nuestros parques y huertos, cuyos nombres son deformaciones de los recibidos en sus hábitats originarios, o bien se deben a la imaginación de los botánicos: la austral
araucaria, que recuerda el Arauco de donde procede; el bello
magnolio, así denominado por Linneo en honor del botánico Magnol; el japonés
caqui; la gigante
secoya, cuyo nombre procede en último
término -según Corominas, de quien hemos obtenido la mayor parte de lo aquí dicho- del nombre de un indio cheroqui; y la olorosa
tuya, cuyo nombre se tomó (a través del francés) del griego
thyia, que designaba cierta planta aromática, y se remonta a la raíz indoeuropea
*dheu-, "vapor, humo" (de la cual procede también
tomillo).